David Copperfield (Charles Dickens) - pág.152
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-¡Un orgulloso idiota! -dijo mi tía-; porque su hermano era un poco excéntrico, aunque no es ni la mitad de excéntrico que la mayoría de la gente; no quería que le vieran en su casa y pensaba enviarle a una casa de salud, aunque le había sido particularmente recomendado por su difunto padre, quien le consideraba casi como un idiota. Y también había que ver al hombre que pensaba así; él sí que estaba loco, estoy segura.
De nuevo, como mi tía parecía completamente convencida, yo traté de parecerlo también.
-Entonces yo no lo consentí, y le hice una proposición; le dije: «Su hermano está completamente cuerdo y es infinitamente más sensato que usted es ni lo será nunca, al menos así lo espero; concédale una pequeña pensión y que se venga a vivir a mi casa. A mí no me asusta; no soy vanidosa, y estoy dispuesta a cuidarle, y no le maltrataré, como podrían hacerlo, sobre todo, en un manicomio». Después de innumerables dificultades -continuó mi tía- lo conseguí, y está aquí desde entonces. Y es el mejor amigo, el hombre más amable, la criatura con quien mejor se puede vivir en el mundo. En cuanto a los consejos .... nadie sabe apreciar ni conocer el espíritu de este hombre como yo.
Mi tía se sacudió un poco el vestido, moviendo la cabeza, como si con aquellos dos movimientos desafiara al mundo entero.
-Tenía una hermana que era su favorita -continuó-, una criatura muy buena y muy cariñosa para él; pero hizo como todas las mujeres, y se casó, y el marido hizo lo que hacen todos, y la hizo desgraciada. El efecto de su desgracia sobre míster Dick (y no es locura), unido con el temor que le inspiraba su hermano y el sentimiento de la dureza con que le trataban, fue tal que le dio una fiebre cerebral; fue antes de que se instalara en mi casa; pero aquel recuerdo le resulta penoso todavía. ¿Te ha hablado del rey Carlos I?
-Sí, tía.
-¡Ah! -dijo frotándose la nariz, un poco contrariada-; es su manera alegórica de expresarlo, pues lo une en su espíritu con una gran conmoción, lo que es bastante natural, y es como una figura de la cual se sirve, una comparación, y ¿por qué no lo ha de hacer así, si le parece bien?
Ciertamente, tía -dije.
-No es así como se expresa la gente por lo general, ni es ese el lenguaje que se emplea en negocios, ya lo sé; por eso insisto para que no lo ponga en su Memoria.
-¿Es que... es una Memoria sobre su propia vida lo que escribe, tía?
-Sí, pequeño -respondió frotándose de nuevo la nariz-. Está haciendo una Memoria para asuntos suyos, dirigida al lord Chambelan o al lord no sé cuántos; en fin, a uno de esos a quienes se paga para que reciban Memorias. Supongo que la enviará uno de estos días; todavía no ha conseguido redactarla sin mezclar en ella la alegoría; pero ¡qué más da!, así se entretiene.
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