David Copperfield (Charles Dickens) - pág.150
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-Pero no le llames en ningún caso así; no puede soportar su nombre; es una peculiaridad suya, aunque no sé si a eso se le podrá llamar siquiera manía. Pero ha sufrido bastante por culpa de personas que llevaban ese mismo nombre para que le repugne mortalmente, Dios lo sabe. Dick es aquí su nombre, y en todas partes ya; es decir, si fuera alguna vez a alguna parte, que no va. Así, ten cuidado, hijo mío, y no le llames nunca más que míster Dick.
Prometí obedecer y subí a cumplir mi mensaje; y pensaba en el camino que si míster Dick trabajaba en su Memoria desde hacía mucho tiempo con la asiduidad que ponía cuando le vi aquella mañana por la puerta abierta al bajar a desayunar, la Memoria debía de estar acabándose. Le encontré todavía absorto en la misma ocupación, con una larga pluma en la mano y la cabeza casi pegando contra el papel. Estaba tan abstraído que tuve tiempo de fijarme, antes de que se percatara de mi presencia, en una gran cometa que había en un rincón, en numerosos paquetes de manuscritos en desorden, plumas innumerables y, por encima de todo, una inmensa provisión de tinta (por lo menos una docena de botellas de litro alineadas).
-¡Ah Febo! -dijo míster Dick depositando la pluma-, no sé cómo va el mundo; pero te diré una cosa -añadió bajando la voz-: no querría que lo repitieras, pero...
Aquí me hizo signos de que me acercara, y hablándome al oído: «El mundo está loco, loco de atar, hijo mío», dijo míster Dick cogiendo tabaco de una caja redonda que había encima de la mesa y riendo de todo corazón.
Yo cumplí mi menaje sin aventurarme a decir mi parecer sobre aquella cuestión.
-Pues bien -dijo míster Dick como respuesta-; salúdala de mi parte y dile que... creo que estoy en buen camino; creo verdaderamente estar en buen camino -dijo míster Dick pasándose la mano por sus cabellos grises y lanzando una mirada inquieta a su manuscrito-. ¿Has estado en el colegio?
-Sí, señor -respondí-; una temporada.
-¿Y recuerdas la fecha -dijo míster Dick mirándome fijamente y cogiendo su pluma- de la muerte del rey Carlos I?
Dije que creía que era en 1649.
-Pues bien -dijo míster Dick rascándose la oreja con la pluma y mirándome con expresión de duda-; eso es lo que dicen los libros; pero yo no comprendo cómo puede ser. Si hace tanto tiempo, ¿cómo las gentes que le rodeaban han podido tener la torpeza de meter en mi cabeza un poco de la confusión que había en la suya cuando se la cortaron?
Yo me quedé muy sorprendido de la pregunta; pero no pude darle ningún dato sobre el asunto.
-Es muy extraño -dijo míster Dick lanzando una mirada de desaliento a sus papeles y volviendo a pasarse las manos por los cabellos-, pero no consigo desembrollar la cuestión. No lo veo claro. Pero poco importa, poco importa -dijo alegremente y más animado-; tenemos tiempo.
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