David Copperfield (Charles Dickens) - pág.149
Indice General
|
Volver
Página 149 de 653
Cuando terminamos de desayunar se apoyó con aire decidido en el respaldo de su silla, frunció las cejas, cruzó los brazos y me contempló a su gusto con una fijeza y atención que me confundían extraordinariamente. No había terminado todavía de desayunar y trataba de ocultar mi confusión comiendo; pero mi cuchillo se enredaba entre los dientes del tenedor, que a su vez chocaban con el cuchillo, y cortaba el jamón de una manera tan enérgica que voló por el aire en lugar de tomar el camino de mi boca. Me atragantaba al beber el té, que se empeñaba en ahogarme; por fin renuncié a seguir y me sentí enrojecer bajo el examen escrutador de mi tía.
-¡Vamos! -dijo después de un silencio.
Levanté los ojos y sostuve con respeto sus miradas vivas y penetrantes.
-Le he escrito -dijo mi tía.
-¿A...?
-A tu padrastro -dijo-. Le he enviado una carta, la que tendrá que atender, sin lo cual tendremos que vemos las caras; se lo prevengo.
-¿Sabe dónde estoy, tía mía? -pregunté con temor.
-Se lo he dicho -dijo mi tía moviendo la cabeza.
-¿Y piensa usted... volver a ponerme en sus manos? -pregunté balbuciendo.
-No lo sé -dijo-; ya veremos.
-¡Oh Dios mío! ¿Qué va a ser de mí -exclamé- si tengo que volver a casa de míster Murdstone?
-No sé nada -dijo mi tía-, no sé nada en absoluto; ya veremos.
Estaba muy abatido; tenía apretado el corazón y el valor me abandonaba. Mi tía, sin ocuparse de mí, sacó del armario un delantal de peto, se lo puso, limpió ella misma las tazas, y después, cuando todo estuvo en orden y puesto en la bandeja, dobló el mantel, colocó encima las tazas y llamó a Janet para que se lo llevara todo. Después se puso guantes para quitar las migas con una escobita, hasta que no se vio en la alfombra ni un átomo de polvo, después de lo cual limpió y arregló la habitación, que a mí me parecía estaba ya en orden perfecto. Cuando terminó todos estos quehaceres a su gusto, se quitó los guantes y el delantal, los dobló, los guardó en el rincón del armario de donde los había sacado y fue a sentarse con su caja de labor al lado de la mesa, cerca de la ventana abierta, y se puso a trabajar detrás del biombo verde, frente a la luz.
-¿Quieres subir -me dijo mientras enhebraba la aguja a dar los buenos días de mi parte a míster Dick y decirle que me gustaría saber si su Memoria avanza?
Me levanté vivamente para cumplir su encargo.
-Supongo -dijo mi tía, mirándome tan atentamente como a la aguja que acababa de enhebrar-, supongo que el nombre de Dick te parecerá algo corto.
-Es lo que pensaba ayer: que me parece algo corto -respondí.
-No vayas a creer que no tiene otro, que podría usar si quisiera -dijo mi tía con dignidad-. Babley, míster Richard Babley, ese es su verdadero nombre.
Iba a decir, por un sentimiento de respeto a causa de mi juventud y por la familiaridad, un tanto censurable, que me había tomado, que quizá sería mejor que le llamase por su nombre entero; pero mi tía prosiguió:
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|