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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.147

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Míster Dick me miró fijamente para identificarme bajo aquel aspecto.
-Y además aquella mujer con nombre de pagano -dijo mi tía-, aquella Peggotty, que también se casa, como si no hubiera visto claros los inconvenientes del matrimonio. Nada, también a casarse, según cuenta este niño. Al menos tengo la esperanza -dijo mi tía moviendo la cabeza- de que su marido será de la especie que tan a menudo se lee en los periódicos y le dará buenas palizas.
Yo no podía soportar el oír tratar así a mi querida Peggotty, ni que le desearan semejantes cosas, y le dije a mi tía que se equivocaba, y que Peggotty era la mejor amiga del mundo, la criada más fiel y más abnegada, la más constante que podía encontrarse; que me había querido siempre con ternura, y a mi madre también; que era la que la había sostenido en sus últimos momentos y que había recibido su último beso. El recuerdo de las dos personas que más me habían querido en el mundo me cortaba la voz, y me eché a llorar, tratando de decir que la casa de Peggotty siempre estaba abierta para mí; que todo lo suyo estaba a mi disposición, y que yo hubiera ido a refugiarme allí si no hubiera temido causarle dificultades insuperables en su situación. No pude seguir, y oculté el rostro entre las manos.
-¡Bien, bien! -dijo mi tía-. El niño tiene razón defendiendo a los que le han protegido. Janet, ¡burros!
Creo que sin aquellos malditos asnos habríamos llegado a entendernos entonces. Mi tía había apoyado su mano en mi hombro y, sintiéndome animado por aquella marca de aprobación, estaba a punto de abrazarle y de implorar su protección cuando la interrumpieron, y la confusión que le producía la lucha subsiguiente puso fin por el momento a todo pensamiento más dulce. Miss Betsey declaró con indignación, dirigiéndose a míster Dick, que había tomado una gran resolución y estaba decidida a apelar a los tribunales y a llevar ante las autoridades a todos los dueños de burros de Dover. Este acceso de asnofobia le duró hasta la hora del té.
Después del té nos quedamos cerca de la ventana con objeto (yo supongo, por la expresión resuelta del rostro de mi tía) de ver de lejos a nuevos delincuentes. Cuando fue de noche, Janet trajo las luces, echó las cortinas y puso encima de la mesa un juego de damas.
-Ahora, míster Dick -dijo mi tía seriamente y levantando el dedo como la otra vez-, tengo todavía una pregunta que hacerle. Mire a este niño...
-¿El hijo de David? -dijo míster Dick, confuso, prestando atención.
-Precisamente -dijo mi tía- ¿Qué haría usted ahora?
-¿Lo que haría del hijo de David? -repitió míster Dick.
-Sí -replicó mi tía-, del hijo de David.
-¡Oh! -dijo míster Dick-. Lo que yo haría... es meterle en la cama.
-¡Janet! -gritó mi tía, con la expresión de satisfacción triunfante que ya había visto antes-. Míster Dick siempre tiene razón.


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