David Copperfield (Charles Dickens) - pág.143
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Janet pareció un poco sorprendida de verme en el sofá como una estatua, pues no me atrevía a moverme por temor a disgustar a mi tía; pero se fue a cumplir la orden. Entre tanto mi tía se paseaba de arriba abajo por la habitación, con las manos en la espalda, hasta que el señor que me había hecho gestos desde la ventana entró riéndose.
-Míster Dick -le dijo mi tía-, sobre todo nada de tonterías, pues nadie puede ser más sensato que usted cuando le da la gana. Todos lo sabemos. Por lo tanto, nada de tonterías; se lo ruego.
El se puso serio inmediatamente y me miró con una cara que yo interpreté como un ruego para que no hablara del incidente de la ventana.
-Míster Dick -continuó mi tía-, usted me ha oído hablar de David Copperfield. No vaya a hacer como que no se acuerda, pues sé tan bien como usted que sí.
-¿David Copperfield? -dijo míster Dick, que me parecía no tener recuerdos muy claros sobre el asunto-. ¿David Copperfield? ¡Ah, sí, sin duda; David, es verdad!
-Pues bien -dijo mi tía-. Este es su hijo, que se parecería exactamente a él si no fuera también exactamente el retrato de su madre.
-¿Su hijo? ¿El hijo de David? ¿Es posible?
-Sí -dijo mi tía-. Y acaba de dar un buen golpe; se ha escapado. ¡Ah! No habría sido su hermana, Betsey Trotwood, quien se hubiera escapado.
Entre tanto sacudía la cabeza, convencida, llena de confianza en el carácter y la conducta discreta de aquella niña que no había nacido.
-¡Ah! ¿Cree usted que ella no se hubiera escapado? -dijo míster Dick.
-¡Dios mío! ¿Es posible? -dijo mi tía-. ¿En qué está usted pensando? ¿Acaso no sé lo que me digo? Habría vivido siempre con su madrina, y habríamos sido muy dichosas las dos. ¿Dónde quiere usted que su hermana se hubiera escapado y por qué?
-No sé -dijo míster Dick.
-Pues bien -repuso mi tía, dulcificada por la respuesta-, ¿por qué se hace usted el tonto, cuando es agudo como la lanceta de un cirujano? Ahora usted ve al pequeño David Copperfield, y la pregunta que quería hacerle es esta: ¿Qué debo hacer?
-¿Lo que usted debe hacer? -dijo míster Dick con voz apagada, rascándose la frente, ¿Qué debe hacer?
-Sí -dijo mi tía mirándole seriamente y levantando el dedo-. ¡Atención, porque necesito un consejo trascendental!
-Pues bien; si yo estuviera en su lugar -dijo míster Dick reflexionando y lanzándome una mirada vaga- yo...(aquella mirada pareció proporcionarle una repentina inspiración, y añadió vivamente): yo le daría un baño.
-Janet -dijo mi tía volviéndose con una sonrisa de triunfo que yo no comprendía todavía-. Míster Dick siempre tiene razón; prepare el baño.
A pesar de lo que me interesaba la conversación no podía por menos, durante todo el tiempo, observar a mi tía y a míster Dick y hasta a Janet, y acabar el examen de la habitación en que me encontraba.
Mi tía era alta; sus rasgos eran pronunciados, sin ser desagradables; su rostro, su voz, su aspecto y su modo de andar, todo indicaba una inflexibilidad de carácter que era suficiente para explicarse el efecto que había causado sobre una criatura tan dulce como mi madre.
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