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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.142

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Llevaba guantes de jardinera, un delantal con grandes bolsillos y un cuchillo enorme. A1 momento reconocí en ella a mi tía, pues salía de la casa con el mismo paso majestuoso que llevaba, y que mi pobre madre me había descrito, cuando la vio entrar en nuestro jardín de Bloonderstone.
-¡Vete! -exclamó miss Betsey sacudiendo la cabeza y gesticulando de lejos con su cuchillo-. ¡Vete! ¡No quiero chicos aquí!
Yo la miré temblando, con el corazón en los labios, mientras se dirigía con paso decidido a un rincón del jardín, donde se inclinó a sacar de raíz una plantita. Entonces, sin la menor esperanza, pero con el valor de la desesperación, me acerqué con suavidad a ella y la toqué con la punta de un dedo.
-Señora, ¿si hiciera usted el favor? -empecé.
Ella se estremeció y levantó los ojos.
-Tía, ¿si hiciera usted el favor...?
-¿Eh? -dijo mi tía en un tono de sorpresa tal que en mi vida he oído nada semejante.
-Tía, ¿si hiciera usted el favor? Soy su sobrino.
-¡Oh Dios mío! -dijo mi tía, y se dejó caer sentada en el suelo del jardín.
-Soy David Copperfield, de Bloonderstone, en Sooffolk, donde estuvo usted la noche de mi nacimiento y vio a mi querida madre. Soy muy desgraciado desde que ella ha muerto. Me han abandonado; no se han ocupado de que estudie; me han abandonado a mis propias fuerzas y me han dado un trabajo para el que no estoy hecho. Me he escapado para venir a buscarla a usted y me han robado en el momento de mi evasión; he caminado todo el tiempo sin acostarme en una cama desde mi partida.
Aquí el valor me abandonó de pronto y, levantando las manos para enseñarle mis andrajo y todo lo que había sufrido, yo creo que vertí todas las lágrimas que tenía en el corazón desde hacía ocho días.
Hasta aquel momento la fisonomía de mi tía sólo había expresado sorpresa. Sentada en la arena me miraba a la cara; pero cuando me eché a llorar se levantó precipitadamente, me agarró del cuello y me llevó a la casa. Lo primero que hizo fue abrir un gran armario, coger varias botellas y verter parte de su contenido en mi boca. Supongo que las cogió al azar y sin elegir, pues me dio anisete, salsa de anchoas y un preparado para la ensalada. Después de administrarme estos remedios, como mi estado nervioso no me dejaba contener los sollozos, me hizo echar en el sofá con un chal debajo de la cabeza y el pañuelo que adomaba la suya bajo mis pies, para que no ensuciara la tela. Después se sentó detrás del biombo verde del que ya he hablado, lo que me impedía ver su rostro. A intervalos lanzaba exclamaciones de «¡Misericordia!», como cañonazos de desesperación.
Al cabo de un momento llamó:
-Janet -dijo mi tía cuando entró la criada-, sube a saludar de mi parte a míster Dick y dile que querría hablarle


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