David Copperfield (Charles Dickens) - pág.139
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-A Dover -dije.
-¿De dónde vienes? -insistió agarrándome más fuerte para estar bien seguro de que no me escaparía.
-De Londres.
-¿Y qué piensas hacer? ¿No serás un raterillo?
-No.
-¡Ah! ¿No te quieres confesar? Vuelve a decir que no y te abro la cabeza.
Hizo con la mano que tenía libre ademán de pegarme y, después, me miró de pies a cabeza.
-¿Llevas encima el precio de un vaso de cerveza? -preguntó el latonero- Si es así dámelo pronto, antes de que yo te lo quite.
Seguramente habría cedido si en aquel momento no me hubiera encontrado con la mirada de la mujer, que me hizo una seña imperceptible con la cabeza y movió los labios como diciéndome: «No».
-Soy muy pobre -dije tratando de sonreír- y no llevo dinero. .
-Vamos, ¿qué significa eso? -dijo el latonero mirándome tan furioso que por un momento creí que veía mi dinero a través del bolsillo.
-Señor... -balbucí.
-¿Qué quiere decir eso? -repuso él-. ¿Llevas la corbata de seda de mi hermano! Quítatela, pronto.
Y me quitó la corbata de un tirón y se la arrojó a la mujer.
Ella se echó a reír como si lo tomara a broma, y arrojándomela de nuevo me hizo otra seña con la cabeza, mientras sus labios formaban la palabra «vete». Antes de que pudiera obedecerla el latonero me arrancó la corbata de las manos con tal brutalidad que me dejó temblando como una hoja. La anudó alrededor de su cuello y después, volviéndose hacia la mujer y jurando la tiró al suelo.
No olvidaré nunca lo que sentí al verla caer sobre las piedras de la carretera, donde quedó tendida. Su cofia se había desprendido con la violencia del choque y sus cabellos se mancharon de barro. Cuando estuve un poco más lejos, me volví a mirarlos y vi que estaba sentada a un lado del camino, enjugándose con una punta del mantón la sangre que corría por su rostro. El latonero continuaba andando.
Esta aventura me asustó de tal modo que, desde aquel momento. en cuanto me parecía ver a lo lejos a cualquier vagabundo, volvía sobre mis pasos para esconderme y permanecía quieto hasta perderle de vista. Esto se repetía con tal frecuencia que mi viaje se retrasó seriamente. Pero en aquella dificultad, como en todas las demás de mi empresa, me sentía sostenido y arrastrado por el cuadro que me había trazado de mi madre en su juventud, antes de mi llegada a este mundo. Aquella idea me acompañaba en medio de los campos cuando me acostaba para dormir y, al despertar, la encontraba delante de mí caminando todo el día. Desde entonces su recuerdo está siempre asociado en mi imaginación con el de la calle ancha de Canterbury, que parecía dormitar bajo los rayos del sol, y con el espectáculo de las casas antiguas, de la catedral y de los cuervos que volaban por sus torres. Cuando llegué, por fin, a los áridos arenales que rodean Dover, esta imagen querida me devolvió la esperanza en medio de mi soledad y no me abandonó hasta que conseguí el primer objetivo de mi viaje y pisé la ciudad, el sexto día después de mi evasión.
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