David Copperfield (Charles Dickens) - pág.138
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Todavía hizo muchos esfuerzos aquel hombre para convencerme de que debíamos hacer un cambio. Una vez apareció con una caña de pescar, otra con un violín; también me ofreció sucesivamente un sombrero de tres picos y una flauta. Pero yo resistí a todas aquellas tentaciones y continué delante de la puerta, desesperado, conjurándole con lágrimas en los ojos para que me diera mi dinero o mi chaqueta. Por fin empezó a pagarme en medios peniques y pasaron dos horas antes de que llegásemos a un chelín.
-¡Ay mis ojos! ¡Ay mis piernas! -empezó a gritar entonces, asomando su horrible rostro fuera de la tienda, ¿Quieres conformarte con dos peniques más?
-No puedo -respondí-; me moriría de hambre.
-¡Ay mis pulmones y mi estómago! ¿Tres peniques?
-Si pudiera no estaría regateando por unos peniques -le dije-; pero necesito ese dinero.
-¡Ay, goruu, goruu!
Es imposible transcribir la expresión que dio a su exclamación oculto tras de la puerta, sin asomar más que su maligno rostro.
-¿Quieres marcharte con cuatro peniques?
Estaba tan agotado, tan rendido, que acepté, cansado de aquella lucha; y cogiendo el dinero de sus garras, un poco tembloroso, me alejé un momento antes de que acabara de ponerse el sol, con más hambre y más sed que nunca. Pero pronto me repuse por completo gracias a un gasto de tres peniques y, reanudando valerosamente mi camino, anduve siete millas aquella tarde.
Me refugié para pasar la noche al lado de otro almiar y dormí profundamente, después de haber lavado mis pies doloridos en un arroyo cercano y de haberlos envuelto en hojas frescas. Cuando volví a ponerme en camino, al día siguiente por la mañana, vi extenderse por todas partes ante mis ojos campos en flor y huertos. La estación estaba ya lo bastante adelantada y los árboles estaban cubiertos de manzanas maduras y la recolección empezaba en algunos sitios. La belleza del campo me sedujo infinitamente y decidí que aquella noche me acostaría en medio de los campos, imaginándome que sería grata compañía la larga perspectiva de ramas con sus hojas graciosamente enroscadas a su alrededor.
Aquel día tuve varios encuentros que me inspiraron un terror cuyo recuerdo todavía está vivo en mi imaginación. Entre las gentes que vagaban por la carretera vi muchos desgraciados que me miraban ferozmente y que me llamaban cuando les había adelantado diciéndome que me acercara a hablarles, y que cuando empezaba a correr huyendo me tiraban piedras. Recuerdo sobre todo a un joven latonero ambulante lo recuerdo con su mochila y su rejuela; le acompañaba una mujer, y me miró de un modo tan terrible y me gritó de tal modo que me acercara, que me detuve y me volví a mirarle.
-Ven cuando se te llama -dijo el latonero- o te saco las tripas.
Pensé que era mejor acercarme. Cuando estuve cerca, mirándole para tratar de apaciguarlo, observé que la mujer tenía un ojo amoratado.
-¿Dónde vas? -me dijo el latonero cogiéndome de la pechera de la camisa con su mano negra.
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