David Copperfield (Charles Dickens) - pág.135
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Cuando recordé dónde estaba a aquellas horas tuve miedo, sin saber por qué. Me levanté y eché a andar; pero las estrellas palidecían y una débil claridad en el cielo anunciaba el día; recobré el valor, y como estaba muy cansado, me acosté y me dormí de nuevo, sintiendo durante mi sueño un frío penetrante. Por fin, los rayos del sol y la campana matinal de la pensión, que llamaba a los colegiales a sus estudios, me despertaron. Si hubiera creído que Steerforth podía estar todavía allí habría vagado por los alrededores hasta conseguir verlo; pero sabía que hacía mucho tiempo que se había marchado. Traddles quizá estuviera todavía, pero no estaba muy seguro, y además no confiaba demasiado en su discreción ni en su habilidad para contarle mi situación, a pesar de la buena opinión que tenía de sus sentimientos. Me alejé mientras mis antiguos compañeros se levantaban y emprendí el camino por la larga carretera polvorienta que me habían indicado, cuando formaba parte de los alumnos de míster Creakle, como la de Dover en un tiempo en que no podía ni figurarme que nadie pudiera verme un día viajando de ese modo por aquel camino.
¡Qué distinta esta mañana de domingo de las mañanas de domingo en Yarmouth! Cuando llegó su hora oí sonar las campanas de las iglesias y me encontré con gentes que se dirigían a ellas; también pasé por delante de una o dos iglesias mientras se celebraba el culto: los cantos resonaban bajo la luz del sol, y un sacristán que estaba a la sombra del pórtico enjugándose la frente me miro con enojo al verme pasar sin detenerme. La paz y el reposo de los domingos reinaba en todas partes, excepto en mi corazón. Me parecía que me acusaba y denunciaba a los fieles observadores de la ley del domingo por el polvo que me cubría y por mis revueltos cabellos. Sin el recuerdo, siempre presente a mis ojos, de mi madre en todo el esplendor de su belleza y de su juventud, sentada delante del fuego y llorando, y mi tía enterneciéndose un momento sobre ella, no sé si habría tenido valor para continuar mi camino. Pero aquella fantasía de mi imaginación andaba todo el tiempo ante mis ojos y yo la seguía.
Aquel día anduve veintitrés millas por la carretera, aunque con dificultad, pues no estaba acostumbrado a ello. Todavía me veo, a la caída de la tarde, atravesando el puente de Rochester y comiéndome el pan que había reservado para la cena. Una o dos casitas con el rótulo de «Alojamiento para viajeros» eran para mí una tentación; pero no me atrevía a gastar los pocos peniques que me quedaban, y además me asustaban los rostros sospechosos de los vagabundos que encontraba en ellas y pasaba de largo. Por lo tanto, como la noche anterior, sólo pedí su abrigo al cielo, y llegué penosamente a Chathans, que en las tinieblas de la noche era como un sueño de cal, de puentes levadizos, de barcos sin palos anclados en un río de fango.
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