David Copperfield (Charles Dickens) - pág.131
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Mi tía hacía una aparición rápida y terrible; pero había en todo aquello una particularidad que me gustaba recordar y que me daba algunas esperanzas. No podía olvidar que a mi madre le había parecido sentirla acariciar suavemente sus cabellos, y aunque aquello podía ser una idea sin ningún fundamento, yo me hacía un bonito cuadro del instante en que mi terrible tía se había conmovido ante aquella belleza infantil que yo recordaba tan bien y que me era tan querida, y aquel pequeño episodio aclaraba dulcemente todo el cuadro. Quizá fuera aquel el germen que después de vivir en mi espíritu había engendrado gradualmente mi determinación.
Como ni siquiera sabía dónde habitaba miss Betsey, escribí una larga carta a Peggotty en la que le preguntaba de una manera casual si recordaba el lugar de su residencia, diciendo que había oído hablar de una señora que vivía en un sitio, que nombré al azar, y que sentía curiosidad por saber si no sería ella. También en aquella carta le decía que tenía mucha necesidad de media guinea, y que si pudiera prestármela se lo agradecería mucho, reservándome para decirle más adelante, al devolvérsela, lo que me había obligado a pedirle aquella suma.
La contestación de Peggotty llegó pronto y fue, como de costumbre, llena de cariño y abnegación. Incluía la media guinea (me asusta pensar todo lo que habría tenido que trabajar y que ingeniarse para conseguir que saliera de la caja de Barkis), y me contaba que miss Betsey vivía cerca de Dover; pero si era en Dover mismo, o en Hy the Landgate, o en Folkestone, no podía decirlo. Uno de nuestros hombres me informó, cuando le pregunté acerca de aquellos sitios, que estaban muy próximos unos de otros. Me pareció que ya sabía bastante para mi objetivo, y resolví marcharme a fines de semana.
Siendo una criaturita muy honrada y no queriendo enturbiar el recuerdo que dejaba en Murdstone y Grimby, consideré como una obligación permanecer hasta el sábado por la noche, y como me habían pagado una semana adelantada, me fui temprano, para no tener que presentarme a la hora de cobrar en la caja. Por esta misma razón había pedido la media guinea a Peggotty, para no encontrarme sin dinero para los gastos del viaje. Por lo tanto, cuando llegó el sábado por la noche y nos reunimos todos para que nos pagasen, Tipp el carretero pasó, como siempre, el primero al despacho. Yo estreché la mano de Mick Walker, rogándole que cuando me llamaran entrase y le dijera a míster Quinion que había ido a llevar mi maleta a casa de Tipp, dije adiós a Fécula de patata y me fui.
Mi maleta continuaba en mi antiguo alojamiento al otro lado del río. Había preparado, para pegar en ella, una dirección escrita en el respaldo de una de las tarjetas de expedición que pegábamos en las cajas: «Míster David enviará a buscarla a la oficina de la diligencia de Dover». Tenía la tarjeta en el bolsillo y pensaba pegarla en cuanto estuviera fuera de la casa.
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