David Copperfield (Charles Dickens) - pág.127
Indice General
|
Volver
Página 127 de 653
¿Ha decidido usted algo?
-Mi familia -dijo mistress Micawber, que pronunciaba siempre estas dos palabras con aire majestuoso, sin que yo haya podido descubrir jamás a quién se las aplicaba-, mi familia piensa que míster Micawber debía salir de Londres y ejercer su talento en el campo. Míster Micawber es un hombre de mucho talento, Copperfield.
Dije que estaba seguro de ello.
-De mucho talento -repitió mistress Micawber-; y mi familia mantiene que, con algo de interés, a un hombre de su inteligencia se le podría dar cualquier cargo en la Administración de Aduanas. Y como la influencia de mi familia es local, su deseo es que míster Micawber se vaya a Plimouth. Creen indispensable que esté sobre el terreno.
-¿Para estar preparado? -pregunté.
-Precisamente -contestó ella-, para que esté preparado en el caso de que surgiera algo.
-¿Y usted también se irá?
Los sucesos del día, combinados con los mellizos o con el ponche, tenían a mistress Micawber muy nerviosa, y me contestó con lágrimas en los ojos:
-Yo nunca abandonaré a mi esposo. Míster Micawber ha hecho mal ocultándome al principio sus apuros; pero hay que reconocer que su carácter optimista le hacía creer siempre que saldría de ellos sin que yo me enterase. El collar de perlas y las pulseras que había heredado de mamá los hemos vendido en la mitad de su valor; los corales que papá me dio al casarme también los hemos dado por nada. Pero nunca abandonaré a Micawber. ¡No -gritó cada vez más conmovida-, no lo consentiré jamás! ¡Es inútil que me lo propongan!
Yo estaba muy confuso, pues parecía que mistress Micawber imaginaba que yo le proponía semejante cosa, y la miré alarmado.
-Micawber tiene sus defectos. No niego que es muy poco precavido; no niego que me ha engañado respecto a sus recursos y sus deudas -continuó, mirando fijamente a la pared-; pero yo no le abandonaré nunca.
Mistress Micawber había levantado la voz poco a poco, y gritó de tal modo al decir estas últimas palabras, que me asustó mucho y corrí a la habitación en que estaba el club para llamar a su marido, que lo presidía sentado al final de una mesa muy larga, cantando a voz en grito con todos los demás:
Gee up, Dobbin
Gee ho, Dobbin
Gee up, Dobbin
Gee up, and gee ho-o-o!
Le dije que mistress Micawber estaba en un estado muy alarmante. A1 oír esto se deshizo en llanto y se vino conmigo con el chaleco todavía cubierto de las cabezas y colas de gambas que había estado comiendo.
-¡Emma, ángel mío! -gritó, entrando en la habitación-. ¿Qué te pasa?
-¡Nunca te abandonaré, Micawber! -exclamó ella.
-¡Mi vida! -dijo él, cogiéndola en sus brazos-. Estoy completamente seguro de ello.
-Es el padre de mis hijos, el padre de mis mellizos, el esposo de mi alma -grito mistress Micawber-. ¡Nunca, nunca le abandonaré!
Míster Micawber estaba tan profundamente afectado por aquella prueba de cariño (como yo, que lloraba a lágrima viva), que la abrazó de un modo apasionado, rogándole que le mirase y se tranquilizara.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|