David Copperfield (Charles Dickens) - pág.113
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Has recibido ya una educación costosa. Las pensiones son caras, y aun cuando no lo fueran, no te enviaría a ninguna. Pienso que no sería beneficioso para ti. En el mundo has de tener que luchar con la vida; por lo tanto, cuanto antes empieces, mejor.
Yo pensé que me parecía que ya había empezado a luchar en mi pobre camino, o por lo menos se me ocurre ahora.
-¿Has oído hablar alguna vez de nuestra casa de comercio? -dijo míster Murdstone.
-¿La casa de comercio? -repetí.
-La casa de Murdstone y Grimby, en la venta de vinos -replicó.
Supongo que parecía dudar, pues continuó precipitadamente:
-¿No has oído hablar de la casa, o de los negocios, o de las bodegas, o de algo así?
-Me parece que sí he oído algo de negocios -dije, recordando que había oído vagamente algo de sus recursos y los de su hermana, pero que no sabía cuándo.
-Eso es lo de menos -replicó- Míster Quinion es el director de ella.
Le miré con respeto, mientras él wguía asomado a la ventana.
-Míster Quinion dice que allí hay varios muchachos empleados y que no hay razón para que tú no puedas ir en la mismas condiciones que ellos.
-En el caso -observó míster Quinion en voz baja dando media vuelta- de no tener otro remedio, Murdstone.
Míster Murdstone, con gesto de impaciencia y malhumorado, continuó, sin hacer caso de lo que le decían:
-Las condiciones son que ganarás lo bastante para comer y tener algún dinero en el bolsillo. De tu alojamiento yo me ocuparé, igual que del lavado y planchado de tu ropa.
-Hasta llegar a una cantidad que me pareciese conveniente -dijo su hermana.
-También me ocuparé de tus vestidos -dijo míster Murdstone- puesto que todavía no eres capaz de valerte por ti mismo. Así es que vas a ir a Londres, David, con mister Quinion, a empezar una vida por tu propia cuenta.
-En una palabra: estás empleado -observó su hermana-, y trata de cumplir con tu deber.
Recuerdo que comprendía perfectamente que el objeto de lo propuesto era desentenderse de mí; pero no recuerdo si la idea me gustó o me asustó. Mi impresión es que estaba en un estado de confusión y oscilaba entre los dos puntos sin tocar ninguno. Además tampoco tenía mucho tiempo para tratar de esclarecer mis pensamientos, pues míster Quinion partía al día siguiente.
Vedme al día siguiente, con mi viejo sombrerito blanco rodeado de crespón negro por mi madre, con una chaqueta negra y un pantalón de cuero que miss Murdstone consideraba como la mejor armadura para las piernas en la lucha con el mundo que iba a comenzar. ¡Vedme así ataviado con todo lo que tenía mío en la maleta, sentado (solo y abandonado, como diría mistress Gudmige) en la silla de postas que llevaba a míster Quinion a Yarmouth para tomar la diligencia de Londres! ¡Ved cómo nuestra casa y la iglesia se van desvaneciendo en la distancia! ¡Cómo la tumba que está bajo los árboles se oculta! ¡Cómo hasta el campanario desaparece al fin y el cielo está vacío!
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