David Copperfield (Charles Dickens) - pág.112
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Había salido una mañana a vagar pensativo, como siempre, en mi vida solitaria, cuando al volver la esquina de un sendero, cerca de nuestra casa, me encontré a míster Murdstone que paseaba con otro caballero. En mi confusión iba a pasar de largo, cuando aquel caballero me gritó:
-¡Eh! ¡Brooks!
-No, David Copperfield.
-No me digas. Eres Brooks, Brooks de Shefield; ese es tu nombre.
Al oír aquellas palabras miré al desconocido con mayor atención. Su risa acabó de convencerme de que le conocía: era míster Quinion, a quien fui a ver a Lowestof con míster Murdstone antes... (pero poco me importa cuándo: no quiero recordarlo).
-¿Cómo estás y dónde te educas, Brooks? Me dijo míster Quinion.
Había puesto su mano sobre mi hombro y me hizo dar la vuelta para pasear con ellos. Yo no sabía qué decir, y miré confuso hacia míster Murdstone.
-Ahora está en casa -dijo este último-, y no está educándose en ninguna parte. No sé qué hacer con él; es difícil de manejar.
Aquella antigua mirada hipócrita se detuvo un momento en mí, y después sus ojos oscuros se separaron de los míos con un fruncimiento de aversión.
-¡Hum! -dijo míster Quinion, mirándonos a los dos-. ¡Qué tiempo tan hermoso!
Siguió un silencio, y yo estaba pensando cómo desprender mi hombro de su mano para marcharme, cuando dijo:
-Supongo que seguirás siendo un muchacho muy despierto, ¿eh, Brooks?
-Sí, inteligencia no le falta -dijo míster Murdstone con impaciencia-; pero harías mejor dejándole marcharse; no te agradece que lo estés molestando.
Al oír esto, míster Quinion me soltó, y yo me dirigí a casa. Volviéndome a mirarlo al entrar en el jardín, vi a míster Murdstone apoyado en la tapia del cementerio hablando con su amigo. Los dos me miraban, y tuve la sensación de que hablaban de mí.
Míster Quinion durmió aquella noche en nuestra casa. A la mañana siguiente, después del desayuno, coloqué mi silla, e iba a irme cuando míster Murdstone me llamó, se sentó gravemente delante de una mesa y su hermana se puso en su pupitre. Míster Quinion, de pie, con las manos en los bolsillos, miraba por la ventana; yo los miraba a todos.
-David -me dijo míster Murdstone-: cuando se es joven se está en el mundo para trabajar y no para soñar ni haraganear.
-Como haces tú -añadió su hermana.
-Jane, déjame hablar, haz el favor. Digo, David, que la gente joven está en el mundo para la acción y no para soñar ni para haraganear. Y con mayor motivo tratándose de un muchacho de tu carácter, que necesita corregirse mucho y al que no se pude hacer mejor servicio que obligarle a que se acostumbre a trabajar, que es lo único que puede doblegarle.
-Y que en el trabajo de nada sirve la terquedad; se les doblega lo que hace falta -interrumpió su hermana.
Él le dirigió una mirada, mitad de reproche, mitad de aprobación, y continuó:
-Supongo que sabes, David, que yo no soy rico, y en todo caso lo sabes ahora.
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