David Copperfield (Charles Dickens) - pág.108
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-Más vale que lo arroje cualquier otro, Dan -dijo mistress Gudmige-; yo soy una criatura abandonada y sin recursos, y todo lo que me recuerda que hay criaturas que no están abandonadas me contraría.
-¡Vamos, vieja comadre, cójalo y tírelo!
-No, Dan -contestó ella gimiendo-; si sintiera menos las cosas, podría hacerlo; usted no siente como yo, Dan; las cosas no le contrarían, ni usted a ellas; es mejor que lo arroje usted.
Pero aquí Peggotty, que había estado yendo de uno a otro apresuradamente, besando a todo el mundo, gritó desde el carro, en el que ya nos habíamos instalado entre tanto (Emily y yo sentados en dos sillitas uno al lado del otro), diciendo que era mistress Gudmige la que debía hacerlo. Por último, se dejó conquistar; pero me entristece tener que relatar que aguó un poco la alegría de nuestra partida, pues inmediatamente se deshizo en lágrimas, y cayendo en los brazos de Ham, declaró que reconocía que sólo era un estorbo y que mejor harían mandándola al asilo, lo que a mí me pareció una idea muy razonable y que Ham debía haberle hecho aquel favor al momento.
Pero ya estábamos en camino para nuestra excursión. Lo primero que hicimos fue pararnos delante de una iglesia, donde Barkis sujetó el caballo a la verja y entró con Peggotty, dejándonos a Emily y a mí solos en el carro. Yo aproveché la ocasión para pasar el brazo alrededor del talle de Emily y proponerle que, puesto que me iba a marchar tan pronto, debíamos estar muy cariñosos y ser felices durante todo el día. Emily consintió, y hasta me permitió que la besara. Esto me dio valor para decirle (lo recuerdo) que nunca amaría a otra mujer y que estaba dispuesto a matar a todo el que pretendiera su amor.
¡Cómo se divirtió Emily a mi costa con aquello! ¡Con qué desmesurada presunción de ser mucho mayor que yo me repetía, como una mujercita, que era «un tonto»! Pero después se puso a reír de tal modo, que me hizo olvidar la pena que me había causado su frase despectiva, ante el placer de verla reír así.
Barkis y Peggotty estuvieron mucho tiempo en la iglesia; pero por fin salieron y reanudamos la excursión. A mitad del camino Barkis se volvió hacia mí y me dijo, con un guiño expresivo (nunca hubiera creído que Barkis fuera capaz de hacer un guiño semejante):
-¿Qué nombre había escrito yo en el carro?
-Clara Peggotty -contesté.
-¿Y qué nombre tendría que escribir ahora si hubiera tiza aquí?
-Otra vez Clara Peggotty -sugerí.
-Clara Peggotty Barkis -contestó, y soltó una carcajada que hizo estremecer el carro.
En una palabra, se habían casado, y con ese propósito habían entrado en la iglesia. Peggotty había decidido que lo haría de un modo discreto, y el sacristán había sido el único testigo de la boda. Se quedó muy confusa al oír a Barkis anunciamos su unión de aquel modo tan brusco, y no dejaba de abrazarme para que no dudara de que su afecto no había cambiado; pero pronto nos dijo que estaba muy contenta de haber zanjado ya el asunto.
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