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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.107

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La primera tarde del día en que llegamos, Barkis apareció del modo mas extraño y con un paquete de naranjas atadas en un pañuelo. Como no hizo la menor alusión a ella, supusimos que las había dejado olvidadas al marcharse, y Ham se apresuró a correr tras él para devolvérselas; pero vino diciendo que eran para Peggotty. Después de esto volvió todas las tardes a la misma hora y siempre con un paquetito, al que nunca aludía y solía dejar detrás de la puerta. Estas ofrendas cariñosas eran de lo más extrañas y grotescas. Entre ellas recuerdo dos cochinillos, un acerico enorme, media fanega de manzanas, un par de pendientes de azabache, algunas cebollas, una caja de dominó, un canario (pájaro y jaula) y un jamón.
El modo de cortejar de Barkis, tal como lo recuerdo, era de una originalidad especialísima. Muy rara vez hablaba; se sentaba junto al fuego, en una actitud muy parecida a la que tenía en su carro, y miraba fijamente a Peggotty, a quien tenía enfrente. Una noche, inspirado por su amor, se abalanzó al pedacito de cera que ella usaba para el hilo, se lo guardó en el bolsillo del chaleco y se lo llevó. Desde entonces, su mayor deleite era hacerlo aparecer cuando Peggotty lo necesitaba, sacándolo del bolsillo en un estado lamentable, pegajoso y medio derretido, y cuando ya lo había utilizado lo volvía a guardar. Parecía divertirse muchísimo, y no sentía ninguna necesidad de hablar. Ni aun cuando sacaba a Peggotty de paseo por la llanura debía sentir esa necesidad. Se contentaba con preguntarle de vez en cuando si estaba completamente a gusto, y recuerdo que algunas veces, después de que él se fuera, Peggotty se echaba el delantal por la cabeza y se reía durante media hora. A todos nos divertía más o menos, excepto a la desgraciada tristeza de mistress Gudmige, cuyo noviazgo había sido de una naturaleza tan semejante, que le recordaba constantemente al «viejo».
Por último, cuando ya mi visita tocaba a su fin, se habló de que Peggotty y Barkis iban a pasar un día de vacaciones juntos y que Emily y yo les acompañaríamos.
La víspera por la noche apenas pude dormir con la alegría de que iba a pasar un día entero con la niña. Por la mañana nos preparamos con mucha anticipación, y mientras estábamos desayunando, Barkis apareció en lontananza, guiando su carro hacia el objeto de su amor.
Peggotty vestía, como siempre, un luto sencillo y limpio; pero Barkis estaba deslumbrante con su chaqueta azul nueva, a la que el sastre había dado proporciones tan cumplidas, que los puños le hubieran servido de guantes en el tiempo más frío; el cuello era tan alto, que le empujaba los pelos del cogote hacia arriba. También los botones relucientes eran del tamaño mayor, y completaban su indumentaria unos pantalones grises y un chaleco de ante, con todo lo cual míster Barkis me parecía un fenómeno de respetabilidad.
Cuando estábamos fuera alborotando, vi que mister Peggotty había preparado un zapato viejo, que nos tenían que arrojar al marchamos, como mascota, y se lo ofreció a mistress Gudmige con este propósito.


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