David Copperfield (Charles Dickens) - pág.106
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Míster Peggotty movió de nuevo la cabeza, como si dijera: «No me cabe duda».
-Y además es un muchacho noble y generoso -dije arrastrado por mi tema favorito-; es imposible expresar todo lo que merece. Nunca le agradeceré bastante la generosidad con que me ha protegido, siendo yo tan inferior a él por mi edad y mis estudios.
Seguía entusiasmándome cada vez más, cuando mis ojos se posaron en la carita de Emily, que estaba inclinada sobre la mesa, escuchando con la más profunda atención; contenía el aliento, tenía rojas las mejillas y sus ojos azules brillaban como joyas. Parecía escuchar con tan extraordinaria atención y estaba tan bonita, que me detuve sorprendido, y al callarme yo todos la miraron y se echaron a reír.
-Emily es como yo -dijo Peggotty-; le gustaría verle.
Emily estaba confusa al ver que todos la miraban, y bajó la cabeza ruborizada, y después nos miró a través de sus rizos, y al ver que seguíamos mirándola (estoy seguro de que yo por lo menos le hubiera seguido mirando durante horas enteras), se escapó y estuvo escondida hasta que casi fue la hora de acostarse.
Me acosté en mi antigua cama, en la popa del barco, y el viento vino a quejarse como antaño. Pero ahora me parecía que se quejaba por los que ya no estaban, y en vez de pensar que el mar podía subir por la noche y llevarse la barca, pensé que el mar había subido tanto desde la última vez que oí aquellos ruidos, que había sepultado mi feliz y tranquilo hogar. Recuerdo que cuando el ruido del viento y del mar fue disminuyendo añadí una pequeña cláusula a mis rezos, pidiendo a Dios ser pronto un hombre para casarme con Emily, y así me quedé dulcemente dormido.
Los días transcurrieron muy semejantes a los de hacía un año, excepto (y esto fue una gran diferencia) que Emily y yo rara vez vagábamos ahora por la playa; ella tenía que hacer sus deberes y labores y estaba ausente casi todo el día. Pero yo sentía que aun sin estas razones no hubiéramos vuelto a nuestros antiguos paseos; incluso siendo, como era, salvaje y llena de infantilidad, era también mas mujercita de lo que yo esperaba. Parecía que se había alejado mucho de mí en poco más de un año. Me quería, pero riéndose y haciéndome rabiar, y cuando salía a su encuentro, se me escapaba a casa por distinto camino, y después me esperaba en la puerta, riéndose al verme volver desilusionado.
Los mejores ratos eran los que pasábamos cuando se sentaba a la puerta con la labor. Yo me sentaba a sus pies, en los escalones de madera y leía en voz alta. Ahora me parece que nunca he visto brillar el sol como en aquellas tardes; que nunca he visto una figurita más luminosa que la suya, sentada a la puerta de la antigua barca; que nunca he admirado un cielo más azul ni un agua como aquella, ni gloria semejante a la de aquellos barcos que parecían navegar en el aire dorado.
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