David Copperfield (Charles Dickens) - pág.105
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-Es una gatita -dijo míster Peggotty acariciándola con su manaza.
-Eso es, eso es -exclamó Ham-. Sí, señorito Davy.
Y se sentó mirándola y riéndose con una especie de admiración y deleite que le hacía ponerse colorado.
A Emily la miraban todos, y míster Peggotty más que ninguno. De él hacía la niña lo que quería solamente con acercar su carita a las fuertes patillas de su tío, al menos esta era mi opinión cuando la veía hacerlo, y me parecía que hacía muy bien míster Peggotty en ello. Era tan afectuosa y tan dulce, y tenía una manera de ser a la vez tímida y atrevida que me cautivó más que nunca.
Además era muy compasiva, pues cuando estando sentados después del té mister Peggotty, mientras fumaba su pipa, aludió a la pérdida que yo había sufrido, asomaron lágrimas a sus ojos y me miró con tanto cariño, que se lo agradecí con toda el alma.
-¡Ah! -dijo mister Peggotty cogiendo los bucles de la niña y dejándolos caer uno a uno-. También ella es huérfana, ¿ve usted, señorito?, y este también lo es, aunque no lo parece -dijo dando un puñetazo en el pecho de Ham.
-Si yo tuviera de tutor a mister Peggotty -dije sacudiendo la cabeza-, creo que tampoco me sentiría muy huérfano.
-Bien dicho, señorito Davy -grito Ham con entusiasmo-; bien dicho, ¡viva! Usted tampoco lo sentiría, bien dicho, ¡viva! ¡viva! ¡viva!
Y devolvió el puñetazo a mister Peggotty. Emily se levantó y besó a su tío.
-¿Y cómo está su amigo, señorito? -me preguntó mister Peggotty.
-¿Steerforth? -pregunté.
-Ese es el nombre -exclamó mister Peggotty volviéndose a Ham-. Ya sabía yo que era algo parecido.
¡ -Usted decía que era Roodderforth -observó Ham riendo.
-Bien -replicó mister Peggotty-, pues no andaba muy lejos. ¿Y qué ha sido de él?
-Cuando yo lo dejé estaba muy bien, mister Peggotty.
-¡Eso es un amigo! -dijo mister Peggotty sacudiendo su pipa-. ¡Eso es un amigo del que se puede hablar! Porque, ¡Dios le bendiga!, el corazón se alegra al mirarle.
-Es muy guapo, ¿verdad?
Me entusiasmaba oyéndole cómo lo elogiaba.
-¿Guapo? -exclamó mister Peggotty-. ¡Ya lo creo!
Se para delante de uno como... como... yo no sé cómo; pero ¡es tan decidido!
-Sí, ese es precisamente su carácter. Bravo como un león, y la franqueza misma, míster Peggotty.
-Y también supongo -dijo míster Peggotty mirándome a través del humo de su pipa- que en los estudios será el primero...
-Sí -dije yo con delicia-, lo sabe todo; es extraordinariamente inteligente.
-¡Eso es un amigo! -murmuró míster Peggotty sacudiendo gravemente la cabeza.
-Nada parece costarle trabajo; se sabe las lecciones con mirarlas, y en el cricket es el mejor jugador que he visto. Le da a usted todos los peones que quiera en el juego de damas, y, sin embargo, le ganará siempre.
Míster Peggotty sacudió de nuevo la cabeza como diciendo: «Ya lo creo que me ganaría».
-¿Y su conversación? -proseguí-. En eso no tiene rival, y quisiera que le oyera usted cantar, míster Peggotty.
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