David Copperfield (Charles Dickens) - pág.103
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-¡Ah!
-No es eso todo. Va muy bien.
De nuevo le contesté:
-¡Ah!
-Ya sabía usted que Barkis desde luego estaba dispuesto. Era Barkis, Barkis solamente.
Hice un signo de afirmación.
-Todo va bien -dijo Barkis estrechándome la mano-. Soy su amigo; lo ha hecho usted todo muy bien, y todo va bien.
En su deseo de explicarse con particular lucidez, Barkis se puso tan extraordinariamente misterioso, que hubiera podido permanecer mirándole a la cara durante una hora sin sacar más provecho que del cuadrante de un reloj parado. Pero Peggotty me llamó, y me alejé.
Mientras andábamos, me preguntó lo que me había dicho Barkis, y yo le contesté «que todo iba bien».
-¡Qué atrevimiento! -dijo Peggotty-. Pero me tiene sin cuidado. Davy querido, ¿qué te parecería si pensara en casarme?
-¿Me seguirías queriendo igual? -dije después de un momento de reflexión.
Y con gran sorpresa de los que pasaban, y de su hermano y sobrino, que iban delante, la buena mujer no pudo por menos de abrazarme asegurándome que su cariño era inalterable.
-Pero ¿qué te parecería? -insistió cuando estuvimos otra vez en camino.
-¿Si pensaras en casarte... con Barkis, Peggotty?
-Sí -dijo Peggotty.
-Pues me parecería una buena idea; porque, ¿sabes, Peggotty?, así tendrías siempre el caballo y el carro para venir a verme, y podrías venir sin que te costase nada.
-¡Qué inteligencia la de este niño! -exclamó Peggotty-. Eso es precisamente lo que yo estoy pensando desde hace un mes. Sí, precioso, y también pienso que así tendré más libertad, y que trabajaré de mejor gana en mi casa que en la de cualquier otro, pues no sé si me acostumbraría a servir a extraños, y así continuaré cerca de la tumba de mi niña querida -dijo Peggotty a media voz-, y podré ir a verla cuando me dé la gana, y si me muero me podrán enterrar cerca de ella.
Después de decir esto, guardamos un momento silencio los dos.
-Pero no quiero ni pensar en ello -dijo Peggotty con cariño- si contraría en lo más mínimo a mi Davy. Aunque se hubieran publicado las amonestaciones treinta y tres veces y ya tuviese el anillo de boda en el bolsillo...
-Mírame, Peggotty, y verás si no estoy realmente contento; es más, que lo deseo de todo corazón.
-Bien, hijo mío -dijo Peggotty dándome otro abrazo-; no dejo de pensarlo noche y día, y creo que voy por buen camino; pero todavía tengo que pensarlo mejor y consultarlo con mi hermano; entre tanto, guardaremos el secreto, ¿eh, Davy?
-Barkis es un buen hombre -continuó Peggotty-, y sólo con que trate de cumplir con mi deber estoy segura de que será mía la culpa si no nos encontramos «completamente a gusto» -dijo Peggotty riendo de todo corazón.
Esta alusión a las palabras de Barkis era tan oportuna y nos divirtió tanto, que no dejamos de reír y estuvimos de un humor excelente cuando llegamos ante la casa de míster Peggotty.
Todo lo encontré igual, excepto que quizá me pareció un poco más pequeño.
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