David Copperfield (Charles Dickens) - pág.102
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Se había levantado muy temprano para ir al cementerio, y montó en el carro y se sentó en él sin quitarse el pañuelo de los ojos.
Todo el tiempo que permaneció en esta actitud, Barkis no dio señales de vida; sentado como de costumbre, parecía un muñeco. Pero cuando Peggotty miró a su alrededor y empezó a hablarme, sacudió la cabeza y dejó oír varias veces un gruñido de satisfacción. No pude comprender a qué se refería.
-Hace un día muy hermoso, míster Barkis -dije.
-No es malo -contestó Barkis, que por lo general era muy reservado y rara vez se comprometía.
-Peggotty se ha tranquilizado ya del todo, míster Barkis-le dije para su satisfacción.
-¿De verdad? -dijo Barkis.
Después de reflexionar sobre ello, dijo con aire malicioso: -¿Está usted completamente a gusto?
Peggotty se echó a reír, y contestó afirmativamente.
-¿Pero verdaderamente está usted segura? -gruñó Barkis acercándose a ella y dándole un codazo-. ¿Está usted segura? ¿Verdaderamente a gusto? ¿Está usted segura? ¿Eh?
Y a cada una de aquellas preguntas Barkis se acercaba más a ella y le daba otro codazo. Por último, se acercó tanto ya, que estábamos los tres amontonados en un rincón del carro, y yo tan oprimido, que apenas podía respirar.
Peggotty le llamó la atención sobre mis sufrimientos, y Barkis se retiró un poquito; después, poco a poco, se fue alejando más; pero no pude por menos de observar que a sus ojos aquello era una forma maravillosa de expresar sus sentimientos de una manera clara y agradable sin el inconveniente de la conversación. No tenía duda que estaba contento de su proceder. Poco a poco se volvió otra vez hacia Peggotty, preguntando:
-¿Supongo que estará usted verdaderamente a gusto?
Y otra vez se acercó a nosotros, hasta que me faltó la respiración. Al poco rato le repitió su pregunta con la misma maniobra, hasta que decidí ponerme de pie en cuanto le veía acercarse con el pretexto de mirar el paisaje. Fue una gran idea.
Barkis se sintió tan amable, que se detuvo ante una taberna expresamente por nosotros y nos convidó a cordero asado y cerveza. Y mientras Peggotty bebía él fue presa de un nuevo acceso de galantería, y casi la atragantó del encontronazo. Pero conforme nos acercábamos al fin de nuestro viaje, cada vez tenía más que hacer y menos tiempo para galantear, y cuando pisamos el empedrado de Yarmouth nos preocupaban demasiado las sacudidas para poder pensar en otra cosa.
Míster Peggotty y Ham nos esperaban en el sitio de siempre y nos recibieron con la mayor cordialidad. Yo estreché la mano a Barkis, que tenía el sombrero en la coronilla, la cara avergonzada y una confusión que parecía comunicarse a sus piernas.
Cada uno de los Peggotty cargó con una de las maletas, y ya nos marchábamos cuando Barkis me hizo un signo misterioso con su mano para que me acercase.
-Digo -murmuró Barkis- que todo va bien.
Yo le miré a la cara y contesté en un tono que quiso ser profundo:
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