David Copperfield (Charles Dickens) - pág.101
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-Podías ir un poco más lejos -dije, medio en broma-, y sería perderte para siempre. Pero allí podré verte a menudo, mi querida Peggotty; aquello no es del todo el fin del mundo.
-Al contrario, gracias a Dios. Mientras estés aquí, querido mío, yo vendré por lo menos a verte una vez por semana.
Esta promesa me quitó un gran peso de encima; pero no era todo, pues Peggotty continuó:
-Lo primero, Davy, voy a ir a casa de mi hermano a pasar quince días, el tiempo necesario para tranquilizarme y reponerme un poco, y ahora estoy pensando que quizá lo dejaran, como no lo necesitan mucho, venir allí conmigo.
Si algo podía no serme indiferente, exceptuando a Peggotty, y podía causarme una alegría en aquellos momentos, era un proyecto así. La idea de verme rodeado, de nuevo, por aquellos rostros honrados, alegres de mi llegada; de volver a sentir la dulzura y la tranquilidad de las mañanas de domingo, cuando las campanas suenan, las piedras caen en el agua y los barcos se dibujan en la bruma. El figurarme paseando en la playa con Emily, contándole mis penas y buscando de nuevo conchas y caracoles. Todo esto tranquilizaba mi corazón.
Un momento después me preocupó la idea de que quizá miss Murdstone no lo consintiera; sin embargo, esta preocupación no duró mucho, pues en aquel momento apareció ella misma, haciendo su ronda de noche, en la antecocina donde estábamos hablando, y Peggotty abordó el asunto con un atrevimiento que me sobrecogió.
-El chico perderá el tiempo allí -dijo miss Murdstone mirando en una olla de escabeche-, y la ociosidad es la madre de todos los vicios. Pero estoy segura de que aquí lo perderá también; es mi opinión.
Peggotty estuvo a punto de contestarle mal; pero se contuvo por cariño a mí, y permaneció silenciosa.
-¡Hem! -dijo miss Murdstone, con sus ojos fijos todavía en el escabeche-. Lo más importante de todo, de la mayor importancia, es que a mi hermano no se le moleste y pueda estar tranquilo. Supongo que lo mejor será decir que sí.
Le di las gracias sin hacer ninguna manifestación de alegría, no fuera eso a inducirle a retirar su consentimiento. No pude por menos de pensar que había obrado con prudencia, cuando vi la mirada que me lanzó por encima del tarro de escabeche. Parecía como si sus ojos negros hubieran absorbido todo el vinagre que el escabeche contenía; pero el consentimiento estaba dado y no fue negado, pues cuando cumplió el mes de Peggotty ya estábamos dispuestos a partir.
Barkis entró en casa por las maletas de Peggotty. Yo nunca le había visto antes atravesar la verja; pero en aquella ocasión entró en la casa, y al cargar con la pesada maleta de Peggotty me lanzó una mirada en la que me pareció que me quería decir algo, si era posible que pudiese expresar algo el rostro de Barkis.
Peggotty estaba naturalmente triste al dejar la que había sido su casa durante tantos años y donde los dos grandes cariños de su vida, mi madre y yo, se habían formado.
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