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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.100

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Mi porvenir me preocupaba mucho y a Peggotty también.
Mi situación había cambiado por completo, y aunque me libraba de muchas molestias, si hubiera sido capaz de apreciarlo seriamente me habría preocupado mucho sobre mi porvenir. La tiranía que habían ejercido sobre mí había desaparecido por completo; lo único que deseaban era no tenerme ante su vista; tan es así, que en varias ocasiones, cuando acababa de sentarme con ellos, miss Murdstone, frunciendo el ceño, me hacía señas para que me marchase. Ya no les preocupaba el que estuviera siempre con Peggotty; con tal de que no los molestase les importaba poco dónde pudiera estar. Al principio me asustaba la idea de que míster Murdstone volviera a tomar en su mano mis lecciones o que su hermana, en su abnegación, se dedicara a ello; pero pronto me percaté de que aquellos temores eran vanos y que todo se reduciría a verme abandonado.
No recuerdo si aquel descubrimiento me causó mucha pena. Estaba todavía en el dolor de la muerte de mi madre y en un estado de ánimo en que todo me daba lo mismo. Lo que sí recuerdo es que algunas veces pensaba en la posibilidad de que no se ocuparan de instruirme, y pensaba que entonces sería un ser inútil, predestinado a pasarse la vida vagando de una aldea a otra. También recuerdo que, pensando en aquello, me preguntaba si no sería mejor marcharme como el héroe de una historia para buscar fortuna; pero estas eran visiones transitorias, sueños que hacía despierto, sombras que veía débilmente dibujadas o escritas en la pared de mi habitación y que después se desvanecían dejando la pared vacía.
-Peggotty -dije una noche en tono pensativo, mientras me calentaba las manos en el fuego de la cocina-, míster Murdstone me quiere cada vez menos; nunca me ha querido mucho, Peggotty; pero ahora, si pudiera, le gustaría no volver a verme.
-Quizá sea a causa de su pena -dijo Peggotty, acariciándome los cabellos.
-No, Peggotty, estoy seguro. Yo también estoy triste. Si pudiera creer que era tristeza no pensaría en ello; pero no es eso, no, no es eso.
-¿Y cómo sabes que no es eso? -dijo Peggotty después de un silencio.
-¡Oh!, la tristeza es otra cosa muy distinta. Ahora, por ejemplo, está triste sentado ante la chimenea con su hermana; pero si entro yo, Peggotty, cambia completamente.
-¿Por qué? -dijo Peggotty.
-Porque se encoleriza -le contesté imitando involuntariamente su ceño- Si estuviera solamente triste, no me miraría como me mira. Yo, que sólo estoy triste, tengo más ansia que nunca de cariño.
Peggotty no dijo nada en un rato, y yo me calenté las manos también en silencio.
-Davy -dijo por último.
-¿Qué, Peggotty?
-He tratado, querido mío, he tratado por todos los medios de encontrar colocación aquí en Bloonderstone; pero no la he encontrado, hijo mío.
-¿Y qué piensas hacer, Peggotty? -dije tristemente-. ¿Dónde piensas ir a buscar fortuna?
-Creo que me veré obligada a irme a Yarmouth para vivir allí


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