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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.99

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La última noche, por la tarde, me besó y me dijo: « Si mi nene muriera también, Peggotty, te ruego que le pongas en mis brazos y nos entierren juntos». Y es lo que se ha hecho, porque el pobre angelito sólo vivió un día más que ella. « Que mi querido Davy nos acompañe al lugar de reposo -dijo-, y dile que su madre, en el lecho de muerte, lo ha bendecido y no una vez, mil veces.»
Otro silencio siguió -a esto, y de nuevo Peggotty acarició dulcemente mi mano.
-Estaba ya muy adelantada la noche -prosiguiócuando pidió de beber, y después me dirigió una sonrisa tan dulce, ¡estaba tan hermosa!... Amanecía, y el sol se levantaba cuando me dijo lo cariñoso y bueno que mister Copperfield había sido siempre para ella, y tu paciente que era, y cómo le decía, cuando dudaba de sí misma, que un corazón amante valía más que la sabiduría y que él era el hombre más feliz a su lado... « Peggotty, querida mía -dijo después-, acércate más (estaba muy débil), pasa tu brazo por mi cuello y vuélveme hacia ti; tu rostro parece que se aleja y quiero verlo cerca.» Hice lo que pedía, y, ¡oh Davy!, se cumplía lo que yo había dicho una vez. Apoyó su dulce cabecita en el brazo de esta necia Peggotty. Y murió como un niño que se duerme.
Así terminó el relato de Peggotty. Desde el momento en que supe la muerte de mi madre, la idea de lo que había sido últimamente desapareció por completo para mí, y desde aquel instante la recuerdo como la madre joven de mis primeros años, la que enrollaba sus bucles en los dedos y bailaba conmigo por la noche en la sala. Lo que Peggotty me contaba, en lugar de recordarme el último período, confirmaba en mi espíritu la primera imagen; podrá ser extraño, pero es la verdad. En un instante había vuelto a mis ojos su tranquila juventud, borrando todo el resto.
La madre que descansaba en la tumba era la madre de mis primeros años, y la criaturita que tenía en sus brazos era yo como estaba en mi infancia, sólo que ahora me estrechaba ya en ellos para siempre.

CAPÍTULO X
EMPIEZAN DESCUIDÁNDOME, Y LUEGO ME COLOCAN
El primer acto de autoridad de miss Murdstone cuando pasó el día solemne y se abrieron de nuevo las ventanas fue decirle a Peggotty que en el plazo de un mes tenía que marcharse. Por mucho que a Peggotty le hubiera molestado tener que soportarlos, estoy seguro de que lo hubiera hecho por cariño hacia mí, prefiriendo aquella casa a la mejor del mundo. Ella me lo contó, y los dos nos lamentamos de todo corazón.
Respecto a mí, ni decían una palabra ni daban el menor paso. Yo creo que su mayor felicidad hubiera sido poderme despedir también con otro mes de plazo. Un día me atreví a preguntar a miss Murdstone cuándo iba a volver a Salem House; pero me contestó muy secamente que era probable que no volviera nunca.


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