David Copperfield (Charles Dickens) - pág.98
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Míster Chillip me lleva, me habla y me hace beber un poco de agua, y cuando le pido permiso para retirarme se despide de mí con dulzura de mujer.
Todo esto, lo repito, es para mí como si hubiera sucedido ayer. Sucesos de fecha más reciente han huido de mi pensamiento, y he olvidado cosas que más tarde quizá reaparecerán; pero esto continúa inmóvil ante mí como una gran roca en el océano.
Sabía que Peggotty vendría a buscarme. La quietud del momento (el día debía de ser domingo, pero lo he olvidado) nos era favorable. Se sentó a mi lado, encima de mi cama, y cogiendo mi mano, que de vez en cuando llevaba a sus labios y a veces acariciaba con las suyas como hubiera podido hacer para consolar a mi hermanito, me contó a su manera todo lo que tenía que contarme concerniente a los últimos sucesos.
-Desde hacía mucho tiempo no estaba nunca bien -dijo Peggotty-; su espíritu estaba atormentado y no era feliz. Cuando nació su niño pensé que eso le curaría; pero, por el contrario, estaba cada vez más triste. Antes del nacimiento de su hijo le gustaba quedarse sola y llorar; pero después se acostumbró a cantarle, y lo hacía con una voz tan dulce, que más de una vez, al escucharla. pensaba que era como una voz en el aire que subía hacia el cielo. Cada vez se volvía más tímida y más asustadiza, y al final una palabra dura era como un golpe para ella; pero conmigo siempre fue la misma. ¡Nunca cambió con su loca Peggotty la dulce niña!
Aquí Peggotty se detuvo y acarició dulcemente mi mano durante un momento.
-La última vez que la he visto como en sus buenos tiempos fue la tarde de tu llegada, hijo mío. El día de tu partida me dijo: «Nunca volveré a ver a mi niño querido; algo me lo asegura, y es la verdad, lo sé». Hacía lo posible por sostenerse, y en muchas ocasiones, cuando le reprochaban su aturdimiento y su carácter ligero, hacía como que lo creía; pero ya hacía tiempo que aquello había pasado. Nunca le había dicho a su marido lo que me había dicho a mí; le asustaba hablar de ello; por fin, una noche, una semana antes, le dijo: «Querido, creo que me muero». « Ahora tengo el espíritu en reposo, Peggotty -me dijo al acostarla aquella noche-. El pobre hombre se irá haciendo a la idea durante varios días y después se le pasará pronto. Estoy tan cansada; si es sueño, siéntate a mi lado mientras duermo, no me dejes. ¡Que Dios bendiga a mis dos niños y proteja y conserve a mi niño sin padre! » Después ya no la abandoné un momento -siguió Peggotty-. Ella hablaba a menudo con ellos dos, porque los quería: no podía vivir sin amar a los que la rodeaban; pero cuando la dejaban sola siempre se volvía hacia mí, como si sólo encontrara reposo donde Peggotty estaba, y nunca se dormía de otro modo.
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