David Copperfield (Charles Dickens) - pág.97
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Si el entierro hubiera sido ayer, no lo recordaría mejor. El aspecto solemne del salón cuando entré; lo brillante del fuego, el vino que brillaba en las jarras, la forma de los vasos, de los platos; el dulce perfume del bizcocho, el olor de la ropa de miss Murdstone y de nuestros trajes de luto.
Allí estaba míster Chillip y se acercó a hablarme.
-¿Cómo estás, Davy? -me dijo con bondad.
Yo no podía contestarle que muy bien y le alargué mi mano, que retuvo entre las suyas.
-¡Pobrecillo! -me dijo sonriendo dulcemente y con los ojos húmedos- Nuestros amiguitos crecen a nuestro alrededor; pronto no los reconoceremos. ¿Verdad, señora? -dijo dirigiéndose a miss Murdstone, que no le contestó.
-Y a lo que parece aprovechamos el tiempo, ¿no es así, señora? -insistió míster Chillip.
Miss Murdstone sólo le contestó con un frío saludo, y míster Chillip, desconcertado, se fue a un rincón, llevándome consigo y sin volver a desplegar los labios.
Observo esto porque lo observo todo; pero no me interesa lo más mínimo desde que he vuelto a casa. Ahora las campanas empiezan a sonar, y míster Omer, con otros empleados, empieza a prepararlo todo, todo, como cuando hacía mucho tiempo (Peggotty me lo había contado) se llevaron a mi padre a aquella misma tumba, después de prepararle en la misma habitación.
Somos pocos: nada más míster Murdstone, nuestro vecino Graypper, míster Chillip y yo. Cuando llegamos a la puerta los de la funeraria están ya con su carga en el jardín y van delante de nosotros por el sendero, debajo de los árboles. Pasan la verja y entran en el cementerio, donde tan a menudo he oído cantar a los pájaros en las mañanas de verano.
Rodeamos la tumba. El día me parece distinto de todos los demás días y la luz de otro color, de un color más triste, y hay allí un silencio solemne, que a mí me parece que lo hemos traído de casa con el féretro; y mientras estamos de pie, descubiertos, oigo la voz del clérigo, resonando remota en el aire libre, que dice claramente: «Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor». Oigo sollozos, y apartada entre los curiosos veo a la buena y fiel criada, la persona para mí más querida de todos los que quedan en la tierra y a la que en mi infantil corazón estoy seguro de que Dios dirá un día: « Has hecho bien»
Hay muchos rostros conocidos entre la gente aquella, rostros que recordaba de la iglesia cuando sicmpre miraba alrededor, rostros que habían sido los primeros en ver a mi madre cuando llegó a la aldea en todo el esplendor de su joven belleza. No me ocupo de ellos; sólo pienso en mi pena, y, sin embargo, veo y reconozco a todos; hasta allá en el fondo, muy lejos, veo a Minnie lanzando miradas a su enamorado, que está cerca de mí.
Todo ha terminado, y volvemos a casa, que se alza ante nosotros tan bonita como siempre, no ha cambiado; pero está tan unida en mi pensamiento con la idea de lo que ya no existe, que toda mi pena no es nada en comparación a lo que siento ahora.
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