David Copperfield (Charles Dickens) - pág.94
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Mientras escribía me hacía observar todos los objetos que llenaban su tienda; fijarme en ciertas modas que acababan de llegar y en otras que acababan de pasar.
-Estas cosas son las que nos hacen perder dinero -dijo míster Omer-; pero las modas son como los hombres, llegan nadie sabe por qué, cuándo ni cómo, y se marchan lo mismo; todo es igual en la vida, según mi opinión, si se mira desde un punto de vista.
Estaba demasiado triste para discutirle la cuestión; además, es posible que en cualquier circunstancia hubiera estado fuera de mi alcance. Luego míster Omer me llevó al gabinete, respirando con dificultad en el camino, y asomándose a una escalerita llamó:
-¡Traigan el té con pan y manteca!
Al cabo de un momento, durante el cual yo había estado mirando a mi alrededor y pensando y escuchando el ruido de las agujas en la habitación y el del martillo al otro lado del patio, apareció el té, que era para mí.
-Hace mucho tiempo que le conozco -me dijo Omer, después de mirarme unos minutos, durante los cuales yo no había hecho honor al desayuno, pues los crespones negros me quitaban el apetito- Hace mucho tiempo que te conozco, amiguito.
-¿De verdad?
-Toda la vida, puedo decirlo; antes que a ti ya conocía a tu padre; era un hombre que medía cinco pies y nueve pulgadas, y su tumba tiene veinticinco pies de larga. (Rat-tattat, rat-tat-tat, rat-tat-tat, se oía por el patio.) Su tumba tiene veinticinco pies de terreno, ni una pulgada menos -dijo míster Omer alegremente- He olvidado si fue ella o él quien lo quiso.
-¿Sabe usted cómo está mi hermanito, caballero? -pregunté.
Míster Omer sacudió la cabeza.
Rat-tat-tat, rat-tat-tat, rat-tat-tat.
-Está en los brazos de su madre -dijo.
-¡Oh! ¿Ha muerto el pobrecito?
-No te entristezcas más de lo debido. Sí; el niño ha muerto.
Al oír esto, todas mis heridas se abrieron. Dejé el desayuno, que apenas había tocado, y fui a ocultar mi cabeza encima de una mesa que había en un rincón. Minnie quitó al momento lo que había allí encima, no lo fuera a manchar con mis lágrimas. Era una muchacha buena y bonita, que me retiró el pelo de los ojos con dulzura; pero ¡estaba tan alegre de haber terminado su trabajo a tiempo y yo estaba tan triste!
El ruido del martillo cesó, y un muchacho de aspecto simpático atravesó el patio y entró en la habitación. Llevaba un martillo en la mano y la boca llena de clavitos, que tuvo que sacarse para poder hablar.
-Y bien, Joram, ¿cómo va eso? -dijo míster Omer.
-Muy bien. Ya está terminado -dijo Joram.
Minnie se ruborizó un poco y las otras muchachas se sonrieron una a otra.
-Entonces has trabajado mucho. Anoche, mientras yo estaba en el Club, ¡hay que ver! -dijo míster Omer guiñando un ojo.
-Sí -dijo Joram-; como me había prometido usted que si lo terminaba podríamos hacer esa pequeña excursión juntos Minnie y yo.
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