David Copperfield (Charles Dickens) - pág.93
Indice General
|
Volver
Página 93 de 653
Aquella noche no contamos historias, y Traddles se empeñó en dejarme su almohada. No sé qué bien pensaría hacerme con aquello, pues yo tenía una; pero era todo lo que podia darme el pobre, excepto un papel lleno de esqueletos que me entregó al partir como consuelo de mis penas y para que contribuyera a la paz de mi espíritu.
Dejé Salem House al día siguiente por la tarde. ¡Qué poco me imaginaba que era para no volver nunca! Viajamos muy despacio por la noche y llegamos a Yarmouth a las nueve o las diez de la mañana. Miré, buscando a Barkis; pero no le encontré. En su lugar estaba un hombrecito grueso y de aspecto jovial, vestido de negro, con unos lacitos en las rodillas de sus pantalones cortos, medias negras y sombrero de ala ancha. Se acercó a la ventanilla del coche y dijo:
-¿Mister Copperfield?
-Sí, señor.
-¿Quiere usted hacer el favor de venirse conmigo -dijo abriendo la portezuela- y tendré el gusto de llevarle a su casa?
Me agarré de su mano preguntándome quién sería, y llegamos por una calle estrecha delante de una tienda en cuya fachada se leía: «Omer, tapicero, sastre, novedades, funeraria, etc.». Era una tienda ahogada y pequeñita, llena de toda clase de vestidos, hechos y sin hacer, con un escaparate repleto de sombreros y cofias. Pasamos a otra habitación que había detrás de la tienda, donde se encontraban tres muchachas cosiendo ropa negra, color del que estaba también cubierta la mesa; asimismo el suelo estaba lleno de trocitos pequeños. Había un buen fuego en la habitación y olía mucho a crespón tostado. Yo no conocía aquel olor hasta entonces; pero ahora lo reconocería siempre.
Las tres muchachas, que parecían trabajadoras y alegres, levantaron la cabeza para mirarme y después siguieron su trabajo: cosían, cosían, cosían; al mismo tiempo, de un taller que había al otro lado del patio llegaba un martillar monótono: rat-tat-tat, rat-tat-tat, rat-tat-tat.
-Bien -dijo mi guía a una de las tres muchachas-. ¿Cómo va eso Minnie?
-Terminaremos a tiempo -replicó alegremente y sin levantar la vista-; descuide, papá.
Míster Omer se quitó el sombrero, se sentó y resopló. Estaba tan grueso, que se vio obligado a resoplar muchas veces antes de poder decir:
-Está bien.
-Padre -dijo Minnie riéndose-, ¡está usted engordando como un cerdo!
-Tienes razón, querida. No comprendo el porqué -dijo reflexionando-; pero es así.
-Es que es usted un hombre muy tranquilo -dijo Minnie- y que toma las cosas con calma.
-¿Y para qué tomarlas de otro modo, querida? -dijo míster Omer.
-No, naturalmente -replicó su hija-. Aquí todos somos alegres, gracias a Dios. ¿Verdad, papá?
-Así lo creo -dijo míster Omer-. Ahora que he descansado voy a tomar medida a este niño. ¿Quiere hacer el favor de pasar a la tienda, míster Copperfield?
Precedí a míster Omer, quien después de enseñarme una pieza de tela, que me dijo era extrafina y demasiado buena, no siendo para luto de parientes muy cercanos, me tomó medida y lo escribió en un libro.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|