David Copperfield (Charles Dickens) - pág.91
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Y al besarlos sí que sentí tristeza; pero no por marcharme; el abismo abierto entre nosotros continuaba y la separación era diaria. Y lo que todavía vive en mi espíritu como si fuera ayer no es el abrazo que me dio, a pesar de lo ferviente que era, sino lo que siguió al abrazo aquel.
Estaba ya en el carro, cuando le oí llamarme. Miré y estaba sola en medio del camino, levantando a su niño en los brazos para que yo le viera. Hacía frío, pero era un frío helado, y ni un solo cabello ni un pliegue de su ropa se movía, mientras que me miraba intensamente, levantando en sus brazos al pequeño para que yo le viera.
¡Y así la perdí! Así la vi después en mis largos ensueños de colegial, silenciosa y presente al lado de mi lecho, mirándome con la misma intensidad de entonces, levantando a su nene para que yo le viera.
CAPÍTULO IX
UN CUMPLEAÑOS MEMORABLE
Paso en silencio todo lo sucedido en la escuela desde mi llegada hasta el día de mi cumpleaños, que era en marzo. Lo único que recuerdo de entonces es que admirábamos a Steerforth más que nunca. Pensaba salir ya del colegio a finales del semestre o antes, y cada vez me parecía más espiritual y más independiente, y también más amable. Pero aparte de esto, no me viene a la imaginación otra cosa.
El inmenso recuerdo que ha marcado aquella época parece haberlo absorbido todo para subsistir único.
¡Me cuesta trabajo creer que hubiesen transcurrido dos meses entre mi vuelta a Salem House y el día de mi cumpleaños! Si lo creo es porque lo sé; de otro modo estaría convencido de que no había pasado apenas tiempo entre una cosa y otra.
Recuerdo perfectamente el día, con la niebla que rodeaba todo y la escarcha que cubría los árboles, y siento mis cabellos húmedos pegarse a mis mejillas, y veo la perspectiva de la clase, los faroles opacos alumbrando la mañana brumosa, y el humear del aliento de los niños en el ambiente frío, mientras soplan sus dedos y golpean el suelo con los pies.
Fue después del desayuno. Acabábamos de subir del recreo cuando míster Sharp apareció y me dijo:
-David Copperfield, le están esperando en el salón.
Pensé en algún regalo de Peggotty, y se me iluminó la cara al oír esta orden. Al salir de la clase, algunos de los chicos me dijeron que no les olvidase para las golosinas. Y salí de mi sitio presuroso.
-No se apresure, Davy -me dijo míster Sharp-. Tiene tiempo de sobra; no corra usted, hijo mío.
Si lo hubiese pensado me habría sorprendido su tono cariñoso. Pero no me di cuenta hasta mucho después. Me dirigí corriendo al salón. Encontré a míster Creakle sentado ante su desayuno, con el bastón y un periódico en la mano, y a mistress Creakle con una carta abierta. Pero carta de envío no había ninguna.
-David Copperfield -me dijo mistress Creakle, llevándome a un sofá y sentándose a mi lado-: tengo que hablarle de algo muy personal; he de darle una noticia, hijo mío.
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