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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.90

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No volví a quedarme solo en mi habitación, ni a buscar consuelo en Peggotty; permanecía sentado tristemente con ellos un día tras otro, deseando que llegara la noche para irme a la cama.
¡Qué cruel tortura era para mí estar allí sentado en la misma actitud horas y horas, sin atreverme a mover un brazo ni una pierna, para que miss Murdstone no pudiera quejarse, como lo hacía con cualquier pretexto, de mi movilidad, y tampoco me atrevía a levantar la vista, por temor de encontrarme con alguna mirada de desagrado o escudriñadora que buscase en mis ojos nuevas causas de queja! ¡Qué intolerable aburrimiento era el estar sentado escuchando el tictac del reloj y viendo cómo miss Murdstone engarzaba sus cuentas de metal, pensando en si llegaría a casarse, y en ese caso la suerte de su desdichado marido; dedicado a contar las molduras de la chimenea o a pasear la vista por el techo o por los dibujos del papel de la pared!
¡Qué paseos he dado con la imaginación, solo en medio del frío, por caminos de barro, llevando sobre mis hombros el gabinete entero, con miss Murdstone y todo, monstruosa carga que me obligaban a llevar, horrible pesadilla de la que me era imposible despertar, peso terrible que aplastaba mi inteligencia y me embrutecía!
¡Qué de comidas en un silencio embarazoso, siempre sintiendo que allí había un cubierto de sobra, que era el mío; un apetito de más, que era el mío; un plato y una silla de más, que eran los míos, y una persona que estorbaba, y que era yo!
¡Qué veladas, cuando traían luces y me obligaban a que hiciera algo! Yo no me atrevía a coger algún libro divertido, y meditaba sobre algún indigesto tratado de aritmética, en el que las tablas de pesos y medidas se transformaban en canciones como Rule Britannia o Away Malancholy, y las lecciones se negaban a dejarse estudiar, y todo pasaba a través de mi desdichada cabeza, entrándome por un oído y saliéndome por otro.
¡Qué de bostezos he dejado escapar a pesar de todo mi cuidado! ¡Qué estremecimientos para arrojar el sueño que se apoderaba de mí! Si por casualidad se me ocurría decir algo, nadie me contestaba. Era un cero a la izquierda, al que nadie hace caso, y que, sin embargo, estorba a todo el mundo. Y con qué descanso oía a miss Murdstone enviarme a la cama cuando daban las nueve.
Así pasaron mis vacaciones hasta que llegó la mañana de mi marcha y miss Murdstone me dijo: «Hoy es el último día», y me dio la taza de té de despedida.
No me entristecía el marcharme. Había caído en un estado de embrutecimiento del que sólo salía pensando en Steerforth, a pesar de que detrás de él veía a mister Creakle. De nuevo Barkis apareció en la verja, y de nuevo miss Murdstone dijo con voz severa: «¡Clara!», cuando mi madre se inclinaba a besarme.
La besé y también a mi hermanito.


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