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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.87

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La mano que me tendía era la del mordisco, y no pude por menos de lanzar una mirada a la marquita roja; pero no era tan roja como yo me puse al ver después la siniestra expresión de su mirada.
-¿Cómo está usted? -dije a miss Murdstone.
-¡Ah, Dios mío! -suspiró ella, alargándome las pinzas del azúcar en lugar de sus dedos-. ¿Cuánto duran las vacaciones?
-Un mes, señora.
-¿A contar desde cuándo?
-Desde hoy mismo, señora.
-¡Ah! -exclamó miss Murdstone-, entonces ya es un día menos.
Marcó en un calendario el tiempo que duraban, y cada mañana tachaba un día exactamente de la misma manera.
Lo hacía con tristeza hasta que llegaron a diez; desde entonces, el ver dos cifras le hizo recobrar la esperanza, y al final estaba casi alegre.
Desde el primer momento tuve la desgracia de ponerla (a ella, que no estaba, por lo general, sujeta a esas debilidades) en un estado de violenta consternación. La cosa fue que entré en la habitación en que estaba con mi madre y el niño. El niño solamente tenía unas semanas. Mi madre tenía el niño en sus rodillas, y yo le cogí con cariño en mis brazos. De pronto miss Murdstone lanzó tal grito de espanto, que estuve a punto de dejarlo caer al suelo.
-Jane, ¿qué tienes? -exclamó mi madre.
-¡Dios mío, Clara! ¿Pero no lo ves? -exclamó miss Murdstone.
-¿Qué es lo que ves, querida? -dijo mi madre-. ¿Dónde?
-¡Que lo ha cogido! ¡Que David tiene al niño!
Estaba lívida de horror; pero se reanimó para precipitarse sobre mí y arrancarme al niño de los brazos. Después se puso mala, tan mala que tuvo que tomar una copa de brandy de Jerez. Desde aquel momento me fue solemnemente prohibido por ella el tocar a mi hermano bajo ningún pretexto; y mi pobre madre, que yo me daba cuenta no era de su opinión, confirmó dulcemente la orden diciendo:
-Sin duda tienes razón, Jane.
En otra ocasión, estando los tres juntos, también el pobre nene, que me era tan querido a causa de mi mamá, fue la inocente causa de la cólera de miss Murdstone. Mi madre había estado mirando los ojos de su niño teniéndole en sus brazos, y después me llamó.
-Ven, Davy -y me miró a los ojos.
Vi que miss Murdstone dejaba la cuenta que engarzaba.
-Realmente -dijo mi madre con dulzura-, son exactamente iguales. Deben de ser los míos; creo que son del color de los míos, porque son exactamente iguales.
-¿De quién estás hablando, Clara? -preguntó miss Murdstone.
-Jane -balbució mi madre un poco avergonzada de la dureza del tono con que le preguntaba-. Encuentro que los ojos del nene y los de Davy son absolutamente iguales.
-¡Clara! -dijo miss Murdstone levantándose con cólera-. ¡Algunas veces parece que estás loca!
-¡Mi querida Jane! -reprochó mi madre.
-Verdaderamente loca -dijo miss Murdstone-. Si no, ¿cómo se te iba a ocurrir el comparar al niño de mi hermano con tu hijo? No se parecen en nada.


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