David Copperfield (Charles Dickens) - pág.84
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Estábamos sentados alrededor del fuego, y charlábamos alegremente. Yo les contaba la crueldad de Míster Creakle, y me compadecían. Les decía lo bueno que era Steerforth, cómo me protegía, y Peggotty me dijo que sería capaz de andar a pie unas millas por verle. Cuando se despertó cogí al niño en mis brazos y le dormí cantando dulcemente. Después me fui al lado de mi madre, y pasando mis brazos alrededor de su talle, como me había gustado siempre tanto hacer, apoyé mi mejilla en su hombro, y una vez mas sus hermosos cabellos cayeron sobre mí, «como las alas de un ángel»; me gusta pensar cuando me acuerdo de ello. ¡Qué feliz era!
Mientras estábamos sentados así mirando el fuego y viendo las extrañas figuras que formaban las llamas, casi me parecía que nunca había estado lejos, y que míster Murdstone y su hermana eran figuras como aquellas, que se desvanecerían al apagar el fuego, y que de todos mis recuerdos los únicos reales éramos mi madre, Peggotty y yo.
Peggotty, mientras hubo luz, remendaba una media, y después continuó con ella metida en una mano, como si fuera un guante, y la aguja en la otra dispuesta a dar una puntada cuando el fuego lanzase un resplandor. No puedo comprender de quién eran las medias que Peggotty estaba remendando siempre, ni de dónde provenía aquella cantidad inagotable de medias que coser. Desde mi más tierna infancia siempre la había visto con aquella costura, y ni una vez con otra.
-Pienso -dijo Peggotty, a quien a veces preocupaban las cosas más inesperadas- qué habrá sido de la tía de Davy.
-¡Dios mío, Peggotty! -contestó mi madre saliendo de su ensueño-. ¡Qué tonterías dices!
-Sí; pero realmente me preocupa,
-¿Cómo se te ha ocurrido pensar en semejante persona? -preguntó mi madre-, ¿No hay en el mundo otras de quienes ocuparse?
-No sé por qué será -dijo Peggotty-; puede que sólo sea a causa de mi estupidez; pero mi cabeza nunca puede escoger mis pensamientos. Van y vienen por ella como quieren, y ahora he pensado qué habrá sido de ella.
-¡Qué absurda eres, Peggotty! Se diría que deseas otra visita suya.
-¡Dios nos libre! -gritó Peggotty.
-Entonces no hables de cosas tristes -dijo mamá-. Miss Betsey continuará encerrada en su casita a la orilla del mar y no será probable que venga a molestarnos.
-No -murmuró Peggotty-, no es probable. Pero lo que pensaba era si en caso de morirse dejaría algo a Davy.
-¡Dios me perdone, Peggotty; pero eres una mujer sin sentido! ¡Sabiendo lo que le ofendió que naciera el pobre chico!
-Pensaba que quizá estaría dispuesta a perdonarle ahora -murmuró Peggotty.
-¿Por qué iba a estar dispuesta a perdonarle ahora? -dijo mi madre casi con dureza.
-¡Como tiene un hermano!... -dijo Peggotty.
Mi madre inmediatamente empezó a llorar diciendo que parecía mentira que Peggotty se atreviera a decirle aquellas cosas.
-Como si el pobrecito inocente, en su cuna, te hubiera hecho algún daño a ti ni a nadie.
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