David Copperfield (Charles Dickens) - pág.83
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-Pero ¿qué haces, tonta? -insistió mi madre riendo.
-¡Oh, el necio del hombre! -exclamó Peggotty-. ¿Pues no quiere casarse conmigo?
-Sería un buen partido para ti, Peggotty -dijo mamá.
-¡Oh, no lo sé! -dijo Peggotty-. No me hable usted de ellos. No le aceptaría aunque fuera de oro. Ni a él ni a ningún otro.
-Entonces ¿por qué no se lo dices, ridícula? -preguntó mi madre.
-¿Decírselo? -replicó Peggotty, sacando la cara del delantal-. Pero si nunca me ha dicho una palabra de ello. Me conoce, y sabe que si se atreviese a decirme cualquier cosa le daría un bofetón.
Estaba roja, como nunca la había visto ni a ella ni a nadie, y volvió a taparse la cara durante unos momentos, atacada otra vez por una risa violenta. Después de dos o tres de aquellos ataques continuó comiendo.
Observé que mi madre, aunque se sonreía al mirar a Peggotty, se había quedado más seria y pensativa. Desde el primer momento ya la había notado muy cambiada. Su rostro era muy bello todavía, pero parecía preocupado y demasiado transparente. Sus manos también, tan delgadas y pálidas, casi se clareaban. Pero sobre todo en lo que ahora me parece que estaba más cambiada era en que parecía que estaba siempre inquieta y asustada. Por último, dijo, acariciando afectuosamente la mano de su antigua criada:
-Peggotty, querida, ¿no pensarás casarte?
-¿Yo, señora? -preguntó Peggotty estupefacta, ¡Dios la bendiga! ¡No!
-Al menos no muy pronto -dijo mi madre con ternura.
-¡Nunca! -gritó Peggotty.
Mi madre, cogiéndole la mano, dijo:
-No me dejes, Peggotty; no te separes de mí. Quizá no sea para mucho tiempo, y ¿qué sería de mí si no estuvieras tú?
-¿Dejarla yo, hija mía? -exclamó Peggotty-. No. Ni por todos los tesoros del mundo. Pero ¿quién meterá esas cosas en esa cabecita?
Peggotty a veces le hablaba a mi madre como si fuera un niño.
Mi madre sólo contestó para darle las gracias, y Peggotty continuó a su modo:
-¿Yo dejarla? ¡Maldita la gana que tengo de ello! ¿Marcharse Peggotty de su lado? ¡Me gustaría verlo! No, no -dijo Peggotty, sacudiendo su cabeza y cruzando los brazos-, no hay cuidado, hija mía. No es que no haya personas que lo estén deseando; pero que se fastidien. Yo sigo con usted hasta que sea un vejestorio inútil. Y cuando ya esté sorda y demasiado vieja y demasiado ciega, y hasta incapaz de hablar por no tener un diente; cuando ya no sirva en absoluto para nada, ni siquiera para que me regañen, entonces iré a buscar a Davy y le diré si quiere recogerme.
-Y yo te recibiré muy contento, Peggotty: te recibiré lo mismo que a una reina.
-¡Dios bendiga tu buen corazón! -exclamó Peggotty-. ¡Estaba tan segura! -Y me besó, anticipadamente agradecida a mi hospitalidad. Después volvió a taparse la cara con el delantal y a reírse de Barkis; después, cogiendo al niño de la cuna, lo estuvo arreglando; luego se llevó las cosas de la comida, y por fin volvió con otra cofia y su caja de labor, con su metro y su pedazo de cera, todo lo mismo que en los antiguos días.
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