David Copperfield (Charles Dickens) - pág.81
Indice General
|
Volver
Página 81 de 653
-¡Ah! -dijo Barkis.
Estaba de mal humor y respondía secamente.
-¿Es que no lo hice bien, míster Barkis? -pregunté después de un momento de duda.
-¡No! -dijo Barkis.
-¿No era aquel su encargo?
-Quizá usted hizo bien el encargo -contestó Barkis-;, pero no ha pasado de ahí.
No comprendiendo a qué se refería, repetí sus palabras, sólo que interrogando:
-¿No ha pasado de ahí, míster Barkis?
-¡Claro! -explicó, mirándome de lado-. ¡No me ha contestado!
-¡Ah! ¿Tenía que haberle contestado? -dije abriendo los ojos.
Aquello daba una luz nueva al asunto.
-Cuando un hombre le dice a una mujer «que está dispuesto» -dijo Barkis, volviéndose muy despacio a mirarme- es como si se dijera que ese hombre espera una contestación.
-¿Y bien, míster Barkis?
-Pues bien -dijo, volviéndose a mirar las orejas del caballo-. ¡Este hombre está esperando una contestación desde entonces!
-¿Y no le ha hablado usted, míster Barkis?
-No -gruñó Barkis mientras reflexionaba- No tenía por qué ir a hablarle. No le he dicho nunca seis palabras ¿y voy a ir a contarle eso ahora?
-¿Quiere usted que me encargue yo de ello? -dije titubeando.
-Puede usted decirle, si quiere -prosiguió Barkis dirigiéndome otra mirada lenta-, que Barkis está esperando una contestación. ¿Dice usted que se llama?
-¿Su nombre?
-Sí -dijo Barkis moviendo la cabeza.
-Peggotty.
-¿Nombre de pila o apellido? -preguntó Barkis.
-¡Oh!, no es su nombre de pila; su nombre es Clara.
-¿Es posible? -preguntó Barkis.
Y pareció encontrar abundante materia de reflexión en ello, pues permaneció inmóvil meditando durante mucho tiempo.
-Bien -repuso por último-; le dice usted: «Peggotty: Barkis está esperando una contestación». Ella quizá le diga: « ¿Contestación a qué?». Y usted le dice entonces: « A lo que ya te he dicho». «¿A qué?», insistirá ella. «A lo de que Barkis está dispuesto», le dice usted.
Esta extraordinaria y artificiosa sugerencia la acompañó Barkis con un codazo, que me dolió bastante. Después siguió mirando a su caballo como siempre, sin hacer la menor alusión al asunto hasta media hora después, que, sacando un trozo de tiza de su bolsillo, escribió en el interior del carro: «Clara Peggotty», supongo que para no olvidarlo.
¡Oh, qué extraño sentimiento experimentaba al volver a mi casa, convencido de que ya no era mi casa, y encontrando en todo lo que miraba el recuerdo de mi antigua felicidad, que me parecía como un sueño que nunca podría volver a realizarse! Aquellos días en que mi madre, yo y Peggotty éramos por completo y en todo el uno para el otro, cuando nadie había venido todavía a ponerse por medio, ¡qué tristes aparecieron ante mí aquellos recuerdos! Tanto, que no sabía si me alegraba de volver, y hubiera preferido seguir viviendo lejos para olvidarlo todo al lado de Steerforth. Pero ya estaba allí, y enseguida llegamos a casa, donde las ramas de los viejos olmos retorcían sus innumerables brazos a los golpes del viento de invierno, columpiando los restos de los antiguos nidos de cuervos.
Barkis depositó la maleta en el suelo ante la verja del jardín y se fue.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|