David Copperfield (Charles Dickens) - pág.79
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-Haga usted el favor de decir en mi casa, míster Peggotty, cuando escriba, que míster Steerforth es muy bueno conmigo y que no sé lo que habría sido de mí aquí sin él.
-¡Qué tontería! -dijo Steerforth-. ¡Haga el favor de no decir nada de eso!
-Y si míster Steerforth viniera alguna vez a Norfolk o Sooffolk mientras esté yo allí, puede usted estar seguro, míster Peggotty, de que lo llevaré a Yarmouth a enseñarle su casa. Nunca habrás visto nada semejante, Steerforth. Está hecha en un barco.
-¿Está hecha en un barco? -dijo Steerforth-. Entonces es la casa más a propósito para un marino de pura raza.
-Eso es, señorito, eso es -exclamó Ham riendo-. Este caballero tiene mucha razón, señorito Davy. De un marino de pura raza; eso es, eso es. ¡Ah! ¡Ah!
Míster Peggotty no estaba menos halagado que su sobrino; pero su modestia no le permitía aceptar un cumplido personal de un modo tan ruidoso,
-Bien, señorito -dijo inclinándose y metiéndose las puntas de la corbata en el chaleco-; se lo agradezco mucho. Yo nada más trato de cumplir mi deber en mi oficio, señorito.
-¿Qué más puede pedirse, míster Peggotty? -le contestó Steerforth. (Ya sabía su nombre.)
-Estoy seguro de que usted hará lo mismo -dijo míster Peggotty moviendo la cabeza- Y hará usted bien, muy bien. Estoy muy agradecido de su acogida; soy rudo, señorito, pero soy franco; al menos me creo que lo soy, ¿comprende usted? Mi casa no tiene nada que merezca la pena, señorito; pero está a su disposición si alguna vez se le ocurre ir a verla con el señorito Davy. ¡Bueno! Estoy aquí como un caracol -dijo míster Peggotty, refiriéndose a que tardaba en irse, pues lo había intentado después de cada frase sin conseguirlo-. ¡Vamos, les deseo que sigan con tan buena salud y que sean felices!
Ham se unió a sus votos y nos separamos con mucho cariño. Aquella noche estuve casi a punto de hablarle a Steerforth de la pequeña Emily; pero era tan tímido, que no me atrevía ni a nombrarla; además tuve miedo de que fuera a reírse. Recuerdo que me preocupaba mucho y de un modo molesto lo que me habían dicho de que se estaba haciendo una mujer; pero al fin decidí que era una tontería.
Transportamos aquellas «porquerías», como las había llamado modestamente míster Peggotty, al dormitorio, sin que nadie lo viera, y tuvimos banquete aquella noche. Pero Traddles no podía salir felizmente de nada. Tenía la desgracia de no poder soportar ni una comida extraordinaria como otro cualquiera y se puso muy malo, tan malo, a consecuencia de la langosta, que le hicieron beber cosas negras y tragar unas píldoras azules, lo que, según Demple, cuyo padre era médico, habría sido suficiente para matar a un caballo. Además, recibió una paliza y seis capítulos del Testamento griego por negarse en rotundo a confesar la causa.
El resto del semestre confunde en mi memoria la monotonía diaria y triste de nuestras vidas: la huida del verano; el frío de la mañana al saltar de la cama y el frío más frío todavía de la noche cuando volvíamos a ella.
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