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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.75

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¿Acaso va pidiendo por las calles?
-Si él no es un mendigo, lo es su pariente más cercana -dijo Steerforth-. Por lo tanto, es lo mismo.
Me lanzó una mirada, y la mano de míster Mell me acarició cariñosamente el hombro. Le miré con rubor en mi rostro y remordimiento en el corazón; pero los ojos de míster Mell estaban fijos en Steerforth. Continuaba acariciándome con dulzura en el hombro; pero le miraba a él.
-Puesto que espera usted de mí, míster Creakle, que me justifique -dijo Steerforth- y que diga a lo que me refiero, lo que tengo que decir es que su madre vive de caridad en un asilo.
Míster Mell seguía mirándole y seguía acariciándome con dulzura en el hombro. Me pareció que se decía a sí mismo en un murmullo: «Sí; es lo que me temía».
Míster Creakle se volvió hacia el profesor con cara severa y una amabilidad forzada:
-Ahora, míster Mell, ya ha oído usted lo que dice este caballero. ¿Quiere tener la bondad, haga el favor, de rectificar ante la escuela entera?
-Tiene razón, señor; no hay que rectificar -contestó míster Mell en medio de un profundo silencio-; lo que ha dicho es verdad.
-Entonces tenga la bondad de declarar públicamente, se lo ruego -contestó míster Creakle, poniendo la cabeza de lado y paseando la mirada sobre todos nosotros-, si he sabido yo nunca semejante cosa antes de este momento.
-Directamente, creo que no -contestó míster Mell.
-¡Cómo! ¿No lo sabe usted? ¿Qué quiere decir eso?
-Supongo que nunca se ha figurado usted que mi posición era ni siquiera un poquito desahogada -dijo el profesor-, puesto que sabe usted cuál ha sido siempre mi situación aquí.
-Al oírle hablar de ese modo, temo -contestó míster Creakle con las venas más hinchadas que nunca- que ha estado usted aquí en una situación falsa y ha tomado esto por una escuela de caridad o algo semejante. Míster Mell, debemos separarnos cuanto antes.
-No habrá mejor momento que ahora mismo -dijo míster Mell levantándose.
-¡Caballero! -exclamó míster Creakle.
-Me despido de usted, míster Creakle, y de todos ustedes -pronunció míster Mell mirándonos a todos y acariciándome de nuevo el hombro-. James Steerforth, lo mejor que puedo desearle es que algún día se avergüence de lo que ha hecho hoy. Por el momento, prefiero que no sea mi amigo ni de nadie por quien yo me interese.
Una vez más apoyó su mano en mi hombro con dulzura y, después, cogiendo la flauta y algunos libros de su pupitre y dejando la llave en él para su sucesor, salió de la escuela. Míster Creakle hizo entonces una alocución por medio de Tungay, en que daba las gracias a Steerforth por haber defendido (aunque quizá con demasiado calor) la independencia y respetabilidad de Salem House; después le estrecho la mano, mientras nosotros lanzábamos tres vivas. Yo no supe por qué; pero suponiendo que eran para Steerforth, me uní a ellos con entusiasmo, aunque en el fondo me sentía triste.


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