David Copperfield (Charles Dickens) - pág.66
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Pero lo que más estupor me produjo de todo fue saber que existía en la escuela un muchacho sobre el que míster Creakle no se había atrevido a poner aún la mano, y este muchacho era Steerforth. Él mismo confirmó tal rumor cuando otros lo dijeron, asegurando que le gustaría que se atreviera a hacerlo. Y al preguntarle un chico muy pacífico (no era yo) qué haría si algún día le llegara a pegar, Steerforth encendió una cerilla para dar mayor fuerza a su respuesta y dijo que como primera providencia le tiraría a la cabeza el frasco de tinta que estaba siempre encima de la chimenea. Durante unos segundos permanecimos en la oscuridad sin atrevemos a respirar siquiera.
Supe que a los dos profesores, míster Sharp y míster Mell, les daban una paga miserable; y que cuando había carne caliente y fría en la mesa de míster Creakle habían acordado que mister Sharp tenía que preferir siempre la fría. Esto fue también corroborado por Steerforth, que era el único admitido a aquella mesa. Me enteré de que la peluca de míster Sharp no le sentaba bien, y que más le valiera no presumir tanto, porque su pelo rojo asomaba por debajo.
También oí decir que a un niño, hijo de un carbonero, le habían admitido a cambio de la cuenta del carbón, por lo que le apodaban míster Cambio, nombre elegido del libro de aritmética y alusivo al arreglo. Oí que la cerveza era un robo a los padres, y el pudding, una imposición. Supe que todos los alumnos consideraban a la hija de Creakle como enamorada de Steerforth. Y pensando, mientras estábamos en la oscuridad, en su dulce voz, en su hermoso rostro, en sus modales elegantes y en sus cabellos rizados, estaba convencido de que era verdad. También supe que mister Mell no era mala persona; pero que no tenía dónde caerse muerto, y que su anciana madre debía de ser tan pobre como Job. Al momento recordé mi desayuno en el asilo, y lo que me había parecido oír decir a la anciana: «Mi Charles»; pero, gracias a Dios, no se lo dije a nadie porque estuve más callado que en misa.
La mayoría de los compañeros se habían metido en la cama nada más terminar de comer y beber; pero la charla aquella duró bastante tiempo, y nosotros habíamos permanecido cuchicheando y escuchando sin desnudarnos del todo. Por fin también nos acostamos.
-Muy buenas noches, pequeño Copperfield -dijo Steerforth-; yo cuidaré de ti.
-Es usted muy bueno -contesté agradecido-; se lo agradezco mucho.
-¿No tienes una hermana? -dijo Steerforth bostezando.
-No -contesté.
-¡Qué lástima! -dijo Steerforth-. Habría sido una linda chiquilla, pequeña y tímida, con los ojos brillantes. Me habría gustado conocerla. Hasta mañana, Copperfield.
-Buenas noches, Steerforth.
Seguí pensando en él durante mucho rato, y recuerdo que me senté en la cama para mirarle. Estaba dormido a la luz de la luna, con su hermoso rostro hacia mi lado y la cabeza cómodamente reclinada en el brazo.
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