David Copperfield (Charles Dickens) - pág.65
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Por lo tanto, le rogué que me hiciera el favor de presidir la mesa, y mi petición fue secundada por los otros muchachos del mismo dormitorio.
Steerforth accedió, y sentándose encima de mi almohada, repartió los manjares con perfecta equidad, debo reconocerlo. El licor de grosella lo fue dando uno a uno en una copa rota que era propiedad suya. Yo estaba sentado a su derecha; los demás, agrupados a nuestro alrededor, unos en las camas más próximas y otros en el suelo.
¡Cómo recuerdo aquella noche! Allí sentados, ¡cómo charlábamos en un susurro! Mejor dicho, charlaban: yo escuchaba en silencio. La luna entraba en la habitación por la ventana, dibujando otra pálida ventana en el suelo, y la mayoría de nosotros estábamos en la oscuridad, excepto cuando Steerforth encendía un fósforo de su caja para buscar algo en la mesa, y era un instante de luz azul sobre todos nosotros. Un misterioso sentimiento, consecuencia de la oscuridad, del secreto del festín y del cuchichear de todos a mi alrededor, se apodera nuevamente de mí al recordarlo, y escucho lo que dicen con un sentimiento vago de solemnidad y temor, sintiéndome dichoso de sentirlos al lado y asustándome, aunque finjo reír, cuando Traddles dice que ve a un fantasma.
Les oí las cosas más diversas sobre toda la escuela y los que la habitaban. Oí decir que míster Creakle tenía mucha razón al llamarse a sí mismo tártaro; que era el maestro más cruel y severo, y que todos los días golpeaba a los niños a diestro y siniestro, lo mismo que a un rebaño, y sin compasión; que no sabía nada, fuera de castigar, siendo más ignorante (lo decía J. Steerforth) que el chico más obtuso de la escuela; que hacía muchos años había sido comerciante en vinos en Boroug; que había emprendido el negocio de la escuela después de hacer bancarrota en los vinos, y que si al fin había conseguido salir adelante era gracias al dinero de mistress Creakle. Les oí todo esto y muchas cosas más de este calibre, que yo no comprendía cómo habían sabido.
Supe también que el hombre de la pierna de palo se llamaba Tungay; que era bruto y tozudo-, que había trabajado con Creakle en el negocio de vinos, y que si luego le había conservado en este otro negocio era porque se había roto la pierna a su servicio, le había ayudado en muchas cosas sucias y estaba enterado de todos sus secretos. Supe también que, exceptuando a Creakle, Tungay consideraba a todos, profesores y discípulos, como sus naturales enemigos, y que el único goce de su vida era hacer daño. Oí que mister Creakle había tenido un hijo, a quien Tungay no quería; que el muchacho había ayudado a su padre en la escuela, pero que habiéndole hecho en una ocasión observaciones sobre la disciplina del colegio, tachándola de cruel, y habiendo protestado también, según se suponía, del mal trato que daba a su madre, míster Creakle le había repudiado, y desde entonces su mujer y su hija estaban siempre tristes.
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