David Copperfield (Charles Dickens) - pág.57
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-No está muy bien la pobre -dijo la primera anciana-. Está en uno de sus peores días. Si se apagase el fuego, se apagaba con él.
Y como la miraban, la miré también yo. Aunque en realidad era un día bastante caluroso, la anciana no parecía poder pensar en nada que no fuese aquel fuego. Sentía celos de la cacerola que había puesta encima, y tengo motivos para sospechar que la odiaba por hervir mi huevo y freír mi tocino, pues vi que cuando nadie la miraba me amenazaba con el puño. El sol entraba por la ventanita; pero ella, sentada en su sillón, le volvía la espalda y contemplaba el fuego como si quisiera conservarlo caliente en lugar de calentarse ella. Cuando los preparativos de mi desayuno acabaron y quedó libre el fuego, le dio tal alegría, que soltó una carcajada, y debo decir que su risa no era muy melodiosa. Me senté ante mi panecillo, mi huevo y mi trozo de tocino. Además, me pusieron una taza de leche; me parecía un desayuno delicioso. Todavía estaba gozando de ello, cuando la dueña de la casa dijo a mi profesor:
-¿Llevas ahí la flauta?
-Sí -contestó él.
-Pues anda, toca algo -dijo suplicante la anciana.
El profesor metió su mano en un bolsillo y sacó las tres piezas de una flauta, la armó y empezó a tocar. Mi impresión ahora, después de tantos años, es que no puede haber en el mundo nadie que toque peor. Sacaba los ruidos más disparatados que puedan producirse por ningún medio natural o artificial. No sé qué tocaría, si es que tocaba algo, que lo dudo; pero la impresión que aquella melodía me produjo fue: primero, hacerme pensar en todas mis desdichas, hasta el punto de hacerme llorar; segundo, quitarme el apetito, y, por último, producirme tal sueño, que no podía seguir con los ojos abiertos. Todavía se me cierran si pienso en el efecto que me causó la música en aquella ocasión. Aún me parece ver la habitación aquella, con su armario entreabierto en un rincón y las sillas con los respaldos perpendiculares, y la pequeña y angulosa escalera que conducía a otra habitacioncita, y las tres plumas de pavo real extendidas encima de la chimenea. Recuerdo que en el primer momento me preocupó lo que el pavo pensaría si supiese para lo que servían sus hermosas plumas; pero al fin todo se borra, inclino la cabeza y me duermo. La flauta deja de oírse; en cambio se oyen las ruedas de la diligencia, y estoy de viaje. La diligencia se detiene, me despierto sobresaltado, y la flauta se oye de nuevo y el profesor de Salem House está sentado, con las piernas cruzadas, tocándola tristemente, mientras la dueña de la casa le escucha deleitada. Pero también esto desaparece, todo desaparece; ya no hay flauta, ni profesor, ni Salem House, ni David Copperfield; sólo hay un profundo sueño.
Y pensé que soñaba cuando, una vez de las que oía aquella horrible música, me pareció ver a la anciana que se acercaba poquito a poco, en su estática admiración, se inclinaba sobre el respaldo de la silla y dabs al músico un beso cariñoso, interrumpiendo la música un momento.
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