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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.55

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Pusieron una escala y bajé detrás de la señora que parecía un almiar, pues no me había atrevido a moverme hasta que hubo quitado su cesta. Entre tanto, los viajeros ya habían desocupado el coche; también habían sacado los equipajes, desenganchado los caballos, y hasta la diligencia había sido conducida entre varios empleados fuera del camino, cuando todavía no se había presentado nadie a reclamar al polvoriento niño que venía de Bloonderstone.
Más solitario que Robinson Crusoe, pues aquel, por lo menos, no tenía a nadie que le mirase mientras estaba solitario, entré en las oficinas de la diligencia, y por invitación de un empleado pasé a sentarme detrás del mostrador, en la báscula de pesar los equipajes. Mientras estaba allí mirando los montones de maletas y libros y percibiendo el olor de las cuadras (que para siempre estará asociado en mi memoria con aquella mañana), una procesión de los más terribles pensamientos empezó a desfilar por mi cerebro. Suponiendo que nadie se presentase a buscarme, ¿cuánto tiempo me permitirían estar allí? ¿Podría estar hasta que se me terminaran los siete chelines? ¿Dormiría por la noche en uno de aquellos departamentos de madera con los equipajes? Y por las mañanas, ¿tendría que lavarme en la bomba del patio? ¿O tendría que marcharme todas las noches y esperar a que fuese de día y abrieran la oficina para entrar, por si acaso me habían reclamado? ¿Y si aquello sólo hubiera sido una invención de míster Murdstone para deshacerse de mí? ¿Qué me ocurriría? Si al menos me dejaran permanecer allí hasta que se me terminaran los chelines; lo que no podía esperar ni remotamente era que me dejasen continuar cuando empezase a morirme de hambre. Sería muy molesto para los empleados, y además se exponía «El yo no sé qué azul» a tener que pagarme el entierro. Si intentara volver a mi casa, ¿conseguiría encontrar el camino? ¿Sería posible que pudiera ir andando hasta tan lejos? Y además, ¿estaba seguro de que en casa quisieran recibirme si volvía? Sólo estaba seguro de Peggotty. ¿Y si fuera a buscar a las autoridades y me ofreciera como soldado o marino? Era un niño tan chico, que seguro no querrían tomarme. Estos pensamientos y otros mil semejantes me tenían febril de miedo y emoción. Y estaba en lo más fuerte de mi fiebre cuando se presentó un hombre, cuchicheó con el empleado, y este, levantándome de la báscula, me presentó como si fuera un paquete vendido, pagado y pesado.
Mientras salía de la oficina con mi mano en la de aquel señor, le lancé una mirada. Era un joven pálido y delgado, de mejillas hundidas y barbilla negra como la de míster Murdstone. Pero esa era la única semejanza, pues llevaba las patillas afeitadas y sus cabellos eran duros y ásperos. Iba vestido con un traje negro, también viejo y raído y que le estaba corto, y llevaba un pañuelo blanco que no estaba muy limpio. No he supuesto nunca, ni quiero suponerlo, que aquel pañuelo fuese la única prenda de ropa blanca que llevase el joven; pero desde luego era lo único que se veía de ella.


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