David Copperfield (Charles Dickens) - pág.54
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A mí me colocaron entre dos caballeros (el de la cara roja y otro), por precaución no me fuera a caer. Y aquellos dos señores, a cada cabezada que daban al dormir casi me despachurraban. Algunas veces me oprimían tanto, que no podía por menos de gritar: «¡Oh, por favor»!, lo que les molestaba extraordinariamente.
Enfrente llevaba a una señora vieja, envuelta en una capa de piel, y que en la oscuridad más parecía un almiar que una señora, de tal modo iba empaquetada. Dicha señora llevaba consigo una cesta que durante mucho tiempo estuvo sin saber dónde ponerla, hasta que se le ocurrió meterla debajo de mis piernas, que eran las más cortitas. Aquello era un horrible tormento y me hacía desgraciado, pues no dejaba de rozarme un instante. Al menor movimiento la loza que contenía la cesta chocaba contra alguna otra cosa, y entonces la señora me daba un golpe terrible con el pie y me decía:
-¿Quieres estarte quieto? ¡Tan chico y tan inquieto!
Por último, empezó a amanecer, y entonces me pareció que mis compañeros dormían más tranquilos, desapareciendo las dificultades con que luchaban durante la noche y que habían encontrado expresión en los más horribles ronquidos y resoplidos concebibles. Conforme el sol subía, su sueño era más ligero, y poco a poco se iban despertando. Recuerdo cómo me sorprendió muchísimo la comedia de todos asegurando que no habían dormido en absoluto, y la extraña indignación con que lo aseguraban. Todavía persiste en mí el sentimiento de asombro de aquel día, pues he observado invariablemente que, de todas las debilidades humanas, la que menos dispuesto se está a reconocer es la de haber dormido yendo en coche.
Lo extraño que me pareció Londres cuando lo vi a distancia, el convencimiento que tenía de que todas las aventuras de mis héroes favoritos se renovaban allí, y cómo me parecía que la ciudad aquella estaba más llena de maravillas y de crímenes que todas las ciudades, no terminaría nunca de contarlo. Fuimos acercándonos poco a poco, y por fin llegamos al barrio de Whitechapel, donde paraba la diligencia. He olvidado si aquello se llamaba « El toro azul» o «El jabalí azul»; pero era algo azul, y lo que fuese estaba pintado en la portezuela del coche.
El conductor me miró fijamente mientras bajaba y preguntó asomándose a la puerta de las oficinas:
-Si hay alguien que pregunte por un muchacho llamado Murdstone, que viene de Bloonderstone Sooffolk, que se acerque a reclamarle.
Nadie contestó.
-Intente usted diciendo Copperfield, ¿quiere hacer el favor? -dije bajando con temor los ojos.
-Si hay alguien que busque a un muchacho inscrito con el nombre de Murdstone, procedente de Bloonderstone Sooffolk, pero que responde al nombre de Copperfield, y que debe esperar aquí a que le reclamen -dijo el conductor-, que venga. ¿No hay nadie?
No, no había nadie. Miré ansiosamente a mi alrededor; pero la pregunta no había impresionado a ninguno de los presentes; sólo un hombre con polainas y tuerto sugirió la idea de que lo mejor sería ponerme un collar y atarme en el establo como a un perro sin dueño.
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