David Copperfield (Charles Dickens) - pág.52
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Pienso que nunca he visto a nadie saborear un pudding de aquel modo, y después de terminar, todavía se reía como si lo estuviera saboreando.
Le encontré tan amable que me atreví a pedirle pluma, tinta y papel para escribir a Peggotty. No sólo me lo trajo al momento, sino que estuvo mirando por cncima do mi hombro mientras escribía la carta. Cuando terminé me preguntó que a qué escuela me mandaban. Yo dije:
-A una cerca de Londres -que era lo que sabía.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó mirándome con compasión-. ¡Cuánto lo siento!
-¿Por qué? -le pregunté.
-Porque -dijo moviendo la cabeza- esa es la escuela donde han roto a un muchacho dos costillas, a un niño. Tendría, vamos a ver.. ¿Cuántos años tienes?
Le dije que ocho y medio.
-¡Precisamente su edad! -dijo-. Ocho años y seis meses tenía cuando le rompieron la primera costilla, y ocho años y ocho meses cuando le rompieron la segunda, y murió a consecuencia de ello.
No pude disimular ante mí mismo ni ante el camarero la impresión que me hacía aquella desgraciada coincidencia, y pregunté cómo había sucedido. Su contestación no fue para animarme, pues consistió en estas terribles palabras:
-De una paliza.
El ruido de la diligencia en el patio fue una distracción oportuna, que me hizo preguntar algo confuso y en un tono entre orgulloso y desafiante, si le debía algo.
-Un pliego de papel -me contestó-. ¿Has comprado alguna vez papel de cartas?
No recordaba haberlo comprado nunca.
-Es raro -dijo- a causa de los derechos. Tres peniques. Es la tarifa en esta región. Y no creo que lo tenga nadie, excepto el camarero. La tinta no se cuenta; soy yo quien pierde en ello.
-¿Y qué sería.... cuánto sería..., cuánto daré..., cuánto será razonable para pagar al camarero? Dígame -balbucí enrojeciendo.
-Si no tuviera una familia y esta familia no estuviera ahora enferma -dijo el camarero- no aceptaría seis peniques. Si no tuviera que sostener a una madre anciana y a una encantadora hermanita (al llegar aquí pareció muy conmovido), no aceptaría ni un cuarto de penique. Si tuviera un buen sueldo y me trataran bien, sería yo el que de buena gana ofrecería algo en lugar de aceptarlo. Pero vivo de los desperdicios y duermo en la carbonera... (Al llegar a esto el camarero se deshizo en lágrimas.)
Me conmovieron mucho sus desgracias y sentí que una propina menor de nueve peniques demostraría un corazón muy duro. Así es que le di uno de mis relucientes chelines. Lo recibió con muchas bendiciones, y un momento después lo hacía sonar con la uña, para estar seguro de que no era malo.
Lo que me desconcertó bastante al ir a subirme al coche fue observar que todos suponían que me había comido el almuerzo sin ayuda de nadie. Lo descubrí porque oí a la señora de la ventana, que le decía al cochero: «George, cuida bien de ese niño, no vaya a reventar». Y también al ver que todas las criadas de la casa se acercaban a contemplarme como a un fenómeno.
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