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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.50

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«Mi querida Peggotty: He llegado aquí bien. "Barkis está dispuesto." Mis cariños a mamá. Tu afectuoso, DAVY.
» P. D. Dice que quiere que sepas muy particularmente que "Barkis está dispuesto".»
Cuando le prometí cumplir su sugerencia, Barkis volvió a caer en profundo silencio, y yo, sintiéndome agotado por todo lo sucedido en los últimos días, caí encima de un saco y me quedé dormido.
Duró mi sueño hasta llegar a Yarmouth, que por cierto en el hotel en que nos detuvimos me pareció un Yarmouth tan distinto al que yo recordaba, que perdí la esperanza que había acariciado de encontrarme con alguien de la familia Peggotty. ¡Quién sabe! ¡Quizá hasta con Emily!
La diligencia estaba ya en el patio, muy limpia y reluciente, pero sin los caballos, y al verla así parecía increíble que pudiera llegar nunca hasta Londres. Pensaba en esto y me preocupaba lo que sería de mi maleta (que Barkis había dejado en el suelo del patio, marchándose después con su carro), y también meditaba en mi suerte futura cuando por una ventana en la que había colgadas aves y algunos embutidos se asomó una señora y dijo:
-¿Es ese el viajero procedente de Bloonderstone?
-Sí, señora -le dije.
-¿Cómo se llama usted? -insistió la señora.
-Copperfield.
-No, no es eso -replicó la señora-; la comida está encargada a otro nombre.
-¿Será a nombre de Murdstone? -le pregunté.
-Si se llama usted Murdstone, ¿por qué ha dicho otro nombre primero? -preguntó la mujer.
Le expliqué lo que era, y ella entonces tocó una campanilla y ordenó:
-William, conduce a este caballero al comedor.
Al oír esto, un camarero que salía corriendo del lado opuesto del patio me miró y pareció muy sorprendido al ver que sólo se trataba de mí.
El comedor era una habitación enorme, rodeada de mapas. Dudo que me hubiera sentido más confuso si los mapas hubieran sido verdaderos países extranjeros donde hubiera caído de improviso. Me parecía que era un atrevimiento enorme el de sentarme allí, con la gorra en la mano, en el borde de la silla más cercana a la puerta. Y cuando el camarero extendió un mantel para mí y puso el salero encima, sentí que me ponía rojo de vergüenza.
Después trajo unas fuentes con chuletas y legumbres. Pero colocaba las cosas de un modo tan brusco, que yo estaba asustado y con temor de haberle ofendido. Me tranquilicé mucho cuando, poniendo una silla para mí delante de la mesa, me dijo cordialmente:
-Vamos, gigante, siéntate.
Le di las gracias y me senté; pero me parecía dificilísimo manejar el cuchillo y el tenedor con algo de soltura y no mancharme con la salsa mientras él continuara enfrente sin dejar de mirarme y haciéndome ruborizar de la manera más horrible cada vez que mis ojos se encontraban con los suyos. Cuando me vio empezar la segunda chuleta me dijo:
-Le traigo media pinta de cerveza; ¿la quiere usted ahora?
Le di las gracias y le dije que sí.
Entonces me la sirvió en un vaso y la acercó a la luz para enseñarme el hermoso color que tenía.


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