David Copperfield (Charles Dickens) - pág.49
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Esto me conmovió de tal manera, que pedí a Barkis (el cochero se llamaba así) que tuviera la bondad de devolverme mi pañuelo; pero me contestó que le parecía más prudente que siguiera sin él, y comprendiendo que tenía razón, me sequé los ojos con la manga y dejé de llorar.
Había dejado de llorar del todo; pero a consecuencia de mis emociones, todavía me sacudía de vez en cuando un profundo sollozo.
Después de haber viajado así durante un rato pregunté a Barkis si iba a llevarme él todo el camino.
-¿Todo el camino a dónde? -me preguntó.
-Allí -dije.
-¿Y dónde es allí? -insistió el hombre.
-Cerca de Londres -dije.
-Pero este caballo -me contestó, sacudiendo las riendas para que le mirase- estaría más muerto que un cochinillo asado antes de la mitad del camino.
-¿Entonces no va usted más que a Yarmouth? -pregunté.
-Eso es -dijo Barkis-. Allí tendrás que tomar la diligencia, y la diligencia te llevará hasta... donde vas.
Como esto era mucho hablar para él, pues ya observé en un capítulo precedente que era hombre flemático y nada charlatán, le ofrecí un bizcocho en agradecimiento, y se lo zampó de un bocado, exactamente como lo hubiera hecho un elefante, y en su rostro no se observó más impresión de la que se hubiera observado en el del elefante.
-¿Es ella quien los ha hecho? -preguntó, inclinado, como siempre, hacia delante y con un brazo sobre cada rodilla.
-¿Se refiere usted a Peggotty?
-Sí -contestó Barkis.
-Sí; en casa es ella quien hace los pasteles y toda la cocina.
-Según eso, ¿lo hace ella?
Y Barkis puso la boca como si fuera a silbar, pero no silbó. Se inclinó a mirar las orejas de su caballo, como si viera en ellas algo nuevo, y así continuó durante mucho tiempo.
-¿Y amorcillos no habrá, supongo?
-¿Se refiere usted a los amorcillos de dulce, míster Barkis? -pregunté, creyendo que le apetecían.
-Novios -dijo Barkis-. Noviazgos. ¿No habla nadie con ella?
-¿Con Peggotty?
-Sí.
-¡Oh, no! Nunca ha tenido novio.
-¿Nunca lo ha tenido?
Y de nuevo Barkis puso la boca como si fuera a silbar y no silbó, y volvió a la contemplación de las orejas de su caballo.
-Según eso -dijo después de un largo rato de reflexión- ¿ella es quien hace todas las tartas de manzana y toda la cocina?
Respondí que así era.
-Bien, pues voy a decirte una cosa -me dijo Barkis-. ¿Tú piensas escribirle?
-Sí que pienso -respondí.
-¡Ah! -dijo, volviéndose a mirarme lentamente-. ¡Bien! Si le escribes, ¿te importaría decirle que Barkis está dispuesto?
-¿Que Barkis está dispuesto? -repetí con inocencia-. ¿Nada más?
-Sí -dijo lentamente-. Sí: «Barkis está dispuesto».
-Pero usted volverá mañana a Bloonderstone, míster Barkis -dije algo emocionado, al pensar que yo, en cambio, estaría muy lejos-. ¿No podría decírselo usted mismo?
Rechazó aquella sugerencia con un movimiento de cabeza a insistió en su encargo, diciendo con profunda gravedad: «Barkis está dispuesto». Ese era el mensaje. Yo estaba decidido a transmitírselo; y aquella misma tarde, mientras esperaba a la diligencia en el hotel de Yarmouth pedí papel y pluma y escribí a Peggotty:
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