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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.48

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Lo sentí vivamente. Traté de tomar el desayuno; pero mis lágrimas caían en el pan con manteca y rociaban el té. Vi que mi madre me miraba y después lanzaba una ojeada a miss Murdstone, que estaba allí de plantón a nuestro lado; después miraba al suelo o a lo lejos.
-¡La maleta del señorito, aquí! -dijo miss Murdstone cuando se oyó el rodar del carro ante la verja.
Miré, buscando a Peggotty; pero no estaba. Tampoco apareció míster Murdstone. Mi antiguo amigo el cochero me esperaba en la puerta. Metieron la maleta en el carro.
-¡Clara! -dijo miss Murdstone en su tono de reproche.
-Estoy dispuesta, Jane mía -contestó mi madre-. Adiós, Davy; si vas, es por tu bien. ¡Adiós, hijo mío! Volverás para las vacaciones. Te lo ruego, sé bueno.
-¡Clara! -repitió miss Murdstone.
-Vale, mi querida Jane -dijo mi madre, que me tenía en sus brazos-. Te perdono, hijo mío, y ¡que Dios te bendiga!
-¡Clara! -repitió miss Murdstone, y fue tan buena, que me acompañó al carro.
Por el camino me dijo que esperaba que me arrepentiría antes de tener un mal fin.
Subí al coche, y el perezoso caballo lo arrastró.

CAPÍTULO V
ME ALEJAN DEL HOGAR
Habíamos andado como una media milla y mi pañuelo estaba completamente empapado cuando el carro se paró bruscamente.
Miré para ver lo que pasaba, y con gran asombro vi a Peggotty surgiendo de un arbusto y encaramándose en el carro. Me cogió en sus brazos y me estrechó contra el corsé con tal fuerza, que casi me deshizo la nariz, aunque yo no me di cuenta de ello hasta después de un rato, al ver que me dolía. Peggotty no pronunció palabra. Soltándome con uno de los brazos, se lo hundió en el bolsillo hasta el codo y sacó unos paquetes llenos de dulces, que introdujo en los míos, y puso entre mis manos una bolsa, todo sin desplegar los labios. Después, dándome otro abrazo de despedida, bajó del carro y se marchó corriendo; estoy seguro de que se fue sin un solo botón en la blusa. Yo cogí uno, entre varios que habían caído a mi alrededor, y lo guardé durante mucho tiempo como un tesoro.
El carretero me miró, como preguntándome si ya no volvería. Sacudí la cabeza y le dije que creía que no.
-Entonces ¡en marcha! -le dijo a su caballo.
Y, efectivamente, este se puso en marcha.
Después de llorar cuanto me fue posible empecé a comprender que no conducía a nada el llorar de aquel modo, principalmente porque ni Roderich Ramdom ni el capitán de la marina real inglesa habían llorado nunca, ni aun en las situaciones más críticas. El carretero, viéndome con aquella resolución-me propuso poner a secar el pañuelo en el lomo de su caballo. Le di las gracias, consintiendo, y el pañuelo me parecía ridículamente pequeño colocado allí.
No tardé en examinar la bolsa. Era un portamonedas fuerte de cuero, que contenía tres chelines muy brillantes, evidentemente pulidos con esmero por Peggotty para mi mayor satisfacción; pero, su más precioso tesoro eran dos medias coronas, que encontré envueltas en un papelito, en el que se leía, de letra de mi madre: «Para Davy, con mi cariño».


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