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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.46

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Después me dejaban solo al lado de la puerta, como si fuera un criminal; y en cuanto terminaban, mi carcelera me devolvía al encierro antes de que nadie se hubiera levantado. Pude observar que mi madre estaba lo más lejos posible de mí y que además volvía la cabeza hacia otro lado. Así es que nunca pude verla. Míster Murdstone llevaba la mano envuelta en un pañuelo de hilo.
De lo largos que se me hicieron aquellos cinco días no sé ni dar idea. En mis recuerdos los cuento como años. Los ratos que pasaba escuchando todos los incidentes de la casa que podían llegar a mis oídos; el sonido de las campanillas, el abrir y cerrar de las puertas, el murmullo de voces, los pasos en la escalera; las risas, los silbidos, la gente cantando fuera, y todo me parecía horriblemente triste en medio de mi soledad y mi desgracia. El incierto paso de las horas, principalmente por la noche, cuando me despertaba creyendo que ya era la mañana y me percataba de que todavía no se habían acostado en casa. Los sueños y pesadillas deprimentes. Por las mañanas, a mediodía y en la hora de la siesta, cuando los chicos jugaban en el cementerio, los miraba desde muy dentro de la habitación, avergonzado de que pudieran verme en la ventana y supieran que estaba prisionero. La extraña sensación de no oírme nunca hablar. Los ligeros intervalos de algo corno alegría que llegaba con las horas de la comida y se iba con ellas. Y una tarde recuerdo la caída de la lluvia, con su olor a tierra fresca; caía entre la iglesia y yo, cada vez más deprisa, hasta que llegó la noche y me pareció que me envolvía en sus sombras con mis remordimientos. Todo esto se conserva tan grabado en mis recuerdos, que juraría que habría durado años.
La última noche de mi encierro me desperté al oír mi nombre pronunciado en un soplo. Me senté en la cama y extendí los brazos en la oscuridad, diciendo:
-¿Eres tú, Peggotty?
No obtuve contestación inmediata; pero enseguida volví a oír mi nombre en un tono tan misterioso, que si no se me hubiera ocurrido que la voz salía de la cerradura me habría dado un ataque.
Salté a la puerta y puse mis labios en la cerradura, murmurando:
-¿Eres tú, Peggotty?
-Sí, Davy querido -contestó ella-; pero trata de hacer menos ruido que un ratón, porque si no el gato lo oirá.
Comprendí que se refería a miss Murdstone y me di cuenta de la urgencia del caso, pues su habitación estaba pared por medio de la mía.
-¿Cómo está mamá, querida Peggotty? ¿Se ha enfadado mucho conmigo?
Pude oír que Peggotty lloraba dulcemente por su lado, como yo por el mío; después me contestó:
-No; no mucho.
-¿Y qué van a hacer conmigo, Peggotty? ¿Lo sabes tú?
-Un colegio, cerca de Londres -fue la contestación de Peggotty.
Tuve que hacérselo repetir, pues me había olvidado de quitar la boca del ojo de la llave, y sus palabras me cosquillearon, pero no entendí nada.


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