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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.44

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Voy a reanudarla.
Aquella mañana, cuando llegué al gabinete con mis libros, encontré a mi madre con rostro preocupado, a miss Murdstone con su aire de firmeza y a su hermano trenzando algo alrededor de la contera de su bastón, un bastón flexible de junco, que cuando yo entré empezó a cimbrear en el aire.
-Cuando te digo, Clara, que a mí me han azotado muchas veces.
-Es la pura verdad -dijo miss Murdstone.
-Ciertamente, mi querida Jane -balbució con timidez mi madre-; pero ¿crees que eso le ha hecho a Edward mucho bien?
-¿Y tú crees que le ha hecho a Edward mucho mal, Clara? -preguntó míster Murdstone gravemente.
-Esa es la cuestión -dijo su hermana.
A esto mi madre contestó: «Ciertamente, mi querida Jane», y no dijo más.
Sentí que estaba interesado personalmente en aquel diálogo, y traté de indagar en los ojos de míster Murdstone, en el momento en que se fijaban en los míos.
-Ahora, Davy -me dijo, y vi de nuevo su mirada hipócrita-, tienes que prestar más atención que nunca.
Hizo de nuevo vibrar el junco, y después, habiendo terminado sus preparativos, lo colocó a su lado con una expresiva mirada y cogió un libro.
Era una buena manera de darme presencia de ánimo para empezar. Sentí que las palabras de mi lección huían, no una por una, como otras veces, ni línea por línea, sino por páginas enteras. Traté de atraparlas; pero parecía, si puedo expresarlo así, que se habían puesto patines y se deslizaban a una velocidad vertiginosa.
Empezamos mal y seguimos peor. Aquel día había llegado casi con la seguridad de que iba a destacar convencido de que estaba muy bien preparado; pero resultó que era una equivocación mía. Libro tras libro fueron desfilando todos hacia el contingente de los que había que volver a estudiar. Miss Murdstone no nos quitaba ojo, y cuando, por fin, llegamos a los cinco mil quesos (recuerdo que aquel día me hicieron contar a golpes), mi madre se echó a llorar.
-¡Clara! -dijo miss Murdstone con su voz de reproche.
-Creo que no me encuentro bien, querida Jane -dijo mi madre.
Le vi mirar solemnemente a su hermana, mientras se levantaba y decía cogiendo su bastón:
-Es imposible, Jane, pedir a Clara que soporte con perfecta firmeza la pena y el tormento que Davy le ha ocasionado hoy. Eso sería ya estoicismo. Clara va siendo cada vez más fuerte; pero eso sería pedirle demasiado. David, vamos arriba juntos.
Cuando ya estábamos fuera de la habitación mi madre corrió tras de nosotros. Miss Murdstone, dijo: «¡Clara! ¿Te has vuelto loca?», y la detuvo. Yo la vi detenerse tapándose los oídos y escuché sus sollozos.
Murdstone me acompañó a mi habitación despacio y gravemente (estoy seguro de que le deleitaba toda aquella formalidad de justicia ejecutiva), y cuando llegamos cogió de pronto mi cabeza debajo de su brazo.
-¡Míster Murdstone, Dios mío! -le grité-. Se lo suplico, ¡no me pegue! Le aseguro que hago lo posible por aprender; pero con usted y su hermana delante no puedo recitar.


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