David Copperfield (Charles Dickens) - pág.42
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Pero no puedo pensar en la lección. Pienso en el número de metros de tul que habrá empleado en su cofia miss Murdstone, o en lo que habrá costado el batín de su hermano, o en algún otro problema igual de ridículo, que no me importa nada y del que nada puedo sacar. Míster Murdstone hace un movimiento de impaciencia, que yo esperaba desde hacía bastante rato. Miss Murdstone lo repite. Mi madre los mira con sumisión, cierra el libro y lo deja a un lado, como tarea atrasada que habrá que repetir cuando haya terminado las demás.
Los libros que hay que repetir van aumentando como una bola de nieve, y cuanto más aumentan más torpe me vuelvo. El caso es tan desesperado, y me parece que quieren llenarme la cabeza de tantas tonterías, que pierdo la esperanza de salir bien de ello y me dejo llevar por la suerte.
La desesperación con que mamá y yo nos miramos a cada equivocación mía es profundamente melancólica. Pero lo más horrible de esas desgraciadas lecciones es cuando mi madre, creyendo que nadie la ve, trata de orientarme con el movimiento de sus labios. Al momento miss Murdstone, que está espiando para no dejar pasar nada, dice con voz de profunda agresividad:
-¡Clara!
Mi madre se estremece, se sonroja y sonríe débilmente. Míster Murdstone se levanta de su silla, coge el libro y me lo tira a la cabeza o me pega con él en las orejas; después me saca de la habitación agarrándome por los hombros.
Si, por casualidad, las lecciones no han estado tan mal todavía me falta lo peor, bajo la forma de un problema feroz. El mismo míster Murdstone lo ha inventado para mí y lo expone oralmente. Empieza: «Si voy a una tienda de quesos y compro cinco mil quesos de Gloucester a cuatro peniques y medio cada uno ...». Entre tanto yo veo la secreta alegría de miss Murdstone y medito sobre los quesos sin el menor resultado, sin el menor rayo de luz hasta la hora de almorzar, en que ya estoy como un mulato a fuerza de restregar en la pizarra. Entonces miss Murdstone me da un pedazo de pan seco para ayudarme a resolver el problema, y se me considera castigado para toda la tarde.
Desde la distancia que da el tiempo, me parece que mis lecciones terminaban por lo general de esta manera... Y yo habría sabido hacerlo si no hubieran estado ellos delante; pero su influencia sobre mí era como la fascinación de dos serpientes sobre un pajarillo. Y aun cuando pasara la mañana con un crédito tolerable, sólo ganaba con ello la comida; pues miss Murdstone no podía soportar el verme sin tarea y, en cuanto se percataba de que no hacía nada, llamaba la atención de su hermano sobre mí diciendo: «Clara, querida mía, no hay nada como el trabajo; pon algún ejercicio a tu hijo», lo que me proporcionaba nueva tarea. En cuanto a jugar y divertirme como los demás niños, no me lo consentían; su sombrío carácter les hacía ver a todos los chiquillos como una raza de pequeñas víboras (a pesar de que había habido un niño entre los discípulos) y decían que se corrompían unos a otros.
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