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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.41

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Todavía hoy, cuando miro las grandes letras negras de la cartilla, la novedad complicada de sus formas, el fácil recuerdo de la O, de la Q y de la S, parece presentarse ante mí como entonces, y ese recuerdo no suscita en mí ningún sentimiento de repugnancia ni tristeza. Por el contrario, me parece haber paseado a lo largo de un sendero de flores hasta llegar al libro del cocodrilo, y haber sido ayudado todo el camino por el cariño y la dulce voz de mi madre. Pero aquellas solemnes lecciones que siguieron las recuerdo como un golpe mortal dado.a in¡ tranquilidad, como una tarea diaria, penosa y miserable. Aquellas lecciones eran muy largas, muy numerosas, muy difíciles (algunas perfectamente ininteligibles para mí), y además me tenían siempre asustado, me parece que casi tanto como a mi pobre madre.
Voy a ver si recuerdo lo que solía suceder por las mañanas. Después del desayuno me dirijo al gabinete con mis libros, mis cuadernos y mi pizarra. Mi madre está esperándome sentada en su escritorio; sin embargo, no está tan preparada a oírme como su marido, sentado en la butaca al lado de la ventana y fingiendo que lee un libro, o como miss
Murdstone, sentada a su lado engarzando sus eternas cuentas de acero. La vista de estos dos personajes ejerce tal influencia sobre mí, que empiezo a sentir que se me escapan las palabras, después de que me había costado tanto trabajo metérmelas en la cabeza; se escapan todas para it no sé dónde. Me gustaría saber dónde van una a una.
Le doy el primer libro a mi madre; quizá es una gramática, quizá una historia o una geografía. A1 ponerlo en sus manos lanzo una última y desesperada mirada a la página, y me lanzo como un alud para ver si me da tiempo a recitarlo mientras todavía lo recuerdo fresco. A1 poco rato me salto una palabra. Míster Murdstone levanta la vista de su libro. Me salto otra palabra. Miss Murdstone la levanta también. Enrojezco y me salto lo menos doce palabras; después me quedo mudo. Me doy cuenta de que mi madre querría enseñarme el libro si se atreviera; pero que no se atreve, y me dice con dulzura:
-¡Oh Davy, Davy!
-Ahora, Clara, hay que tener firmeza con el chico -dice míster Murdstone-. No digas «Davy, Davy> ; es una niñería. ¿Se sabe la lección o no se la sabe?
-¡No se la sabe! -interrumpe miss Murdstone con voz terrible.
-Realmente, me temo que no la sabe bien -dice mi madre.
-Entonces, Clara -insiste miss Murdstone-, lo mejor que puedes hacer es obligarle a que vuelva a estudiarla.
-Eso es lo que iba a hacer, querida Jane -dice mi madre-. Vamos, Davy; empiézala otra vez y no seas torpe.
Obedezco a la primera cláusula del mandato y empiezo de nuevo; pero no consigo obedecer la segunda, pues estoy cada vez más torpe. Me detengo mucho antes de llegar donde la vez anterior, en un punto que sabía no hacía dos minutos, y me paro a pensar.


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