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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.34

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CAPÍTULO IV
CAIGO EN DESGRACIA
Si, incluso hoy, pudiera llamar como testigo a la habitación donde me habían trasladado (¿quién dormirá allí ahora? Me gustaría saberlo), podría decir con qué tristeza en el corazón entré en ella. Subí la escalera oyendo al perro, que seguía ladrándome desde el patio. La habitación me pareció triste y extraña, tan triste como lo estaba yo. Sentado con las manos cruzadas pensaba..., pensaba en las cosas más raras: en la forma de la habitación, en las grietas del techo, en el papel de las paredes, en los defectos de los cristales de la ventana, que hacían arrugas y joroba! en el paisaje; en el lavabo con sus tres patas, que debía de tener aspecto de descontento o algo así, porque no sé por qué me recordaba a mistress Gudmige los días en que estaba bajo la influencia del recuerdo del «viejo» . No dejaba de llorar; pero, aparte de porque me sentía muy desgraciado y muerto de frío, no sabía por qué lloraba. Por último, en mi desolación, empecé a darme cuenta de que estaba apasionadamente enamorado de la pequeña Emily y de que me habían separado de ella para traerme aquí, donde nadie parecía necesitarme. Esto era lo que más me entristecía, y dándolo vueltas, terminé por hacerme un ovillo debajo de las mantas y dormirme llorando.
Alguien me despertó diciendo: «Aquí está», y al mismo tiempo destapaban mi cabeza ardiente. Mi madre y Peggotty me buscaban, y era una de ellas la que había hablado.
-Davy -dijo mi madre-, ¿qué te pasa?
Pensé que era muy extraño que me preguntara aquello, y contesté:
-Nada.
Y recuerdo que volví la cabeza, pues el temblor de mis labios le hubiera contestado con mayor claridad.
-¡Davy -repitió mi madre-, Davy! ¡Hijo mío!
No hubiera podido pronunciar otras palabras que me emocionaran más en aquel momento que decirme «hijo mío». Oculté mis lágrimas en la almohada, y la rechacé con la mano cuando quiso atraerme a ella.
-Esta es la obra de tu crueldad, Peggotty -dijo mi madre-. Estoy segura de que tienes la culpa, y me sorprende que tengas conciencia para poner a mi hijo contra mí o contra cualquiera de los que yo quiero. ¿Qué quiere decir esto, Peggotty?
La pobre Peggotty, alzando sus ojos y sus manos al cielo, contestó con una especie de oración de gracias que yo solía repetir después de comer:
-Que Dios la perdone, mistress Copperfield, por lo que ha dicho, y que nunca tenga que arrepentirse de ello.
-Es para volverse loca -exclamó mi madre-. ¡Y en mi luna de miel, cuando mi más cruel enemigo no sería capaz de arrebatarme ni un pedacito de paz y de felicidad! Davy, eres un niño muy malo. Peggotty, eres un criatura salvaje. ¡Oh Dios mío! -gritaba mi madre, volviéndose de uno a otro de nosotros en su irritación caprichosa-. ¡Qué triste es la vida hasta cuando uno se cree con el mayor derecho para esperar que sea lo más agradable posible!


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