David Copperfield (Charles Dickens) - pág.33
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Espera un momento y te... diré una cosa.
Entre su nerviosismo y su natural torpeza al bajarse del carro, Peggotty estaba haciendo las contorsiones más extravagantes; pero yo estaba demasiado desconcertado para decirle nada. Cuando bajó me cogió de la mano y, con gran sorpresa para mí, me metió en la cocina y cerró la puerta.
-¡Peggotty! -dije completamente asustado-. ¿Qué sucede?
-No ocurre nada. ¡Dios lo bendiga, mi querido Davy! -contestó fingiendo alegría.
-Ha ocurrido algo, estoy seguro. ¿Dónde está mamá?
-¿Dónde está mamá, señorito Davy? -me imitó Peggotty.
-Sí. ¿Por qué no estaba en la puerta? ¿Por qué hemos entrado aquí? ¡Oh Peggotty!
Se me llenaban los ojos de lágrimas, y sentí como si fuera a caerme.
-¡Dios te bendiga, niño querido! -exclamó Peggotty sosteniéndome-. Pero ¿qué te pasa? ¡Habla, pequeño!
-¿Se ha muerto también? ¡Oh! ¿Se ha muerto, Peggotty?
-No -gritó Peggotty con una energía de voz atronadora.
Y se sentó y empezó a jadear, diciendo que aquello había sido un golpe tremendo.
Le di un abrazo para disminuir el golpe, o para darle otro más directo, y después permanecí en pie ante ella, mirándola ansiosamente.
-¿Sabes, querido? Debía habértelo dicho antes -dijo Peggotty-; pero no he encontrado oportunidad. Debía haberlo hecho; pero no podía decidirme.
Estas fueron, exactamente, las palabras de Peggotty.
-Sigue, Peggotty -dije, todavía más asustado que antes.
-Señorito Davy -dijo Peggotty desanudando su cofia de un manotazo y hablando de una manera entrecortada-. Pero ¿qué te pasa? Es sencillamente que tienes de nuevo un papá.
Temblé y me puse pálido. Algo (no sé qué ni cómo) unido con la tumba del cementerio y la resurrección de los muertos pareció rozarme como un viento mortal.
-Otro nuevo -añadió Peggotty.
-¿Otro nuevo? -repetí yo.
Peggotty tosió un poco, como si se hubiera tragado algo demasiado duro, y agarrándome de la manga dijo:
-Ven a verle.
-No lo quiero ver.
-Y a tu mamá -dijo Peggotty.
Ya no retrocedí, y fuimos directamente al salón, donde ella me dejó.
A un lado de la chimenea estaba sentada mi madre; al otro, míster Murdstone. Mi madre dejó caer su labor y se levantó precipitadamente; pero me pareció que con timidez.
-Ahora, mi querida Clara -dijo míster Murdstone-, ¡acuérdate! ¡Hay que dominarse siempre! ¡Dominarse! ¡Hola, muchacho! ¿Cómo estás?
Le di la mano. Después de un momento de duda fui y besé a mi madre; ella me besó y me acarició dulcemente en el hombro. Después se volvió a sentar con su labor. Yo no podía mirarla; tampoco podía mirarle a él. Estaba convencido de que nos observaba, y me volví hacia la ventana y miré los arbustos, mojados en el frío. Tan pronto como pude escapar me subí al piso de arriba. Mi antigua y querida alcoba no existía; tenía que habitar mucho más lejos. Volví a bajar las escaleras, con la esperanza de encontrar algo que no hubiera cambiado. Todo estaba distinto. Entré en el patio; pero al momento tuve que salir huyendo, pues de la caseta de perro, antes abandonada, salió un perrazo (de profundas fauces y pelo negro como él) que se lanzó con furia hacia mí, como para morderme.
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