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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.30

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Mistress Gudmige estaba casi siempre de mal humor y se quejaba más de lo debido, para no incomodar a los demás en un sitio tan chico. Lo sentí mucho por ella; pero había momentos en que habría sido más agradable (yo creo) si mistress Gudmige hubiera tenido una habitación para ella sola, donde retirarse a esperar a que renaciera su buen humor.
Míster Peggotty iba en algunas ocasiones a una taberna llamada «La Afición». Lo descubrí porque la segunda o tercera noche después de nuestra llegada, antes de que él volviera, mistress Gudmige miraba el reloj entre las ocho y las nueve, diciendo que míster Peggotty estaba en la taberna y, lo que es más, que desde por la mañana sabía que iría.
Había estado todo el día muy abatida, y por la tarde se había deshecho en llanto porque salía humo de la lumbre.
-Soy una criatura sola y sin recursos -fueron las palabras de mistress Gudmige cuando ocurrió aquella desgracia-, todo va contra mí.
-Eso pasa pronto -dijo Peggotty (me refiero de nuevo a nuestra Peggotty)-, y además, como usted puede comprender, no es menos desagradable para nosotros que para usted.
-¡Yo lo siento más! -exclamó mistress Gudmige.
Era un día muy crudo y el viento cortaba de frío. Mistress Gudmige estaba en su rincón de costumbre al lado del fuego, que a mí me parecía el más calentito y confortable, y su silla era sin duda la más cómoda de todas. Pero aquel día nada le parecía bien. Se quejaba constantemente del frío, diciendo que le producía un dolor en la espalda, que llamaba « hormiguillo». Por último, empezó de nuevo a llorar, repitiendo que « era una criatura sola y sin recursos, y que todo iba contra ella».
-Es verdad que hace mucho frío -dijo Peggotty-; pero todos lo sentimos igual.
-¡Yo lo siento más que nadie! -dijo mistress Gudmige.
Y lo mismo sucedió en la comida, aunque a ella se la servía inmediatamente después que a mí, que se me daba preferencia como si fuera un invitado de distinción. El pescado le pareció pequeño y las patatas se habían quemado un poco. Todos reconocimos que aquello nos decepcionaba; pero ella dijo que lo sentía más que nadie; y se puso a llorar de nuevo, haciendo aquella formal declaración con gran amargura.
Así, cuando míster Peggotty volvió a casa, a eso de las nueve, la desgraciada mistress Gudmige hacía media en su rincón con el aspecto más miserable del mundo. Peggotty trabajaba alegremente; Ham estaba arreglando un gran par de botas de agua, y yo y Emily, sentados uno al lado del otro, leíamos en voz alta. Mistress Gudmige, desde que tomamos el té, no había hecho más observación que lanzar un suspiro desolado, y después no volvió a levantar los ojos.
-Bien, compañeros -dijo míster Peggotty sentándose-: ¿cómo vamos?
Todos le dijimos algo y le miramos, dándole la bienvenida, excepto mistress Gudmige, que únicamente inclinó más su cabeza sobre la labor.
-¿Qué ha sucedido? -dijo míster Peggotty con una palmada-.


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